Agua de panty

Todos hemos tenido algún encuentro cercano con el típico caso del bonachón controlado por su novia o esposa. “Lo tienen roboteado”. “Le dieron agua de panty”. ¿Que un hombre sea el del carácter tranquilo en una relación? Pánfilo. Congo. Manzanillo. Así de simple: si un hombre relax anda con una mujer de carácter fuerte, enseguida se asume que es víctima de una “cabrona”, palabrita tan de moda en algunos libruchos de autoayuda.

Yo más que nadie conozco de primera mano este fenómeno. Soy hablantina, impetuosa y a veces un poco cáustica, todo lo contrario de los hombres con los que he tenido una relación seria hasta el momento. Llámenle equilibrio, complemento, yin y yang o lo que sea, pero a los animales humanos nos va mejor cuando nos juntamos con personalidades distintas a la nuestra. El problema es que nos hemos tragado enterito el cuento de que los hombres son de Marte y las mujeres son de Venus, mientras que John Gray, gran impulsor de esta mitología, está cagado de la risa en su mansión viendo cómo nos rompemos la cabeza jugando a los equipos con conductas aprendidas que se nos venden como naturales. Irónicamente, hasta cierto punto se aplaude que una mujer tenga temple, pero si él es sensible, comparte las labores del hogar, la ayuda a organizar el baby shower de la amiga y le pasea al perro cuando ella no está, es un pendejo. Dicho de otro modo, por su propio bien es mejor que sus amigos nunca lo agarren en el pasillo de los kotex, porque lo que le viene bajando a él es un buen reviente. En cambio, casi nunca escuchamos que a una mujer “la tienen roboteada” o que “le dieron agua de calzoncillo”. Claro, la novia o esposa sosegada no es objeto de burla porque después de todo, una mujer bien tranquilita es lo deseable, lo correcto, lo esperable.

En mi caso, las indirectas sobre mis novios zen han venido de conocidos, de familiares metiches y hasta de vecinos chistositos, porque parece que la sensibilidad, la solidaridad, el compañerismo y la paciencia hacen que un hombre sobrepase la sagrada —e imaginaria— línea que divide la masculinidad de la emasculación. No digo que no haya pendejos de verdad; lo que me saca la piedra es que en estos casos se asuma que son todos y que sus parejas son unas sádicas. Y eso es lo que muchos de esos hombres introvertidos y bonachones, mal juzgados por ser felizmente pragmáticos, entienden muy bien: que no hay nada de malo en intercambiar un poco de calma y equilibrio por un poco de brío, y que a lo íntimo saben bien cómo plantarse con fuerza cuando lo amerita. ¿O cómo creen que funcionan las relaciones no heterosexuales?

Dejemos de hacernos tantas expectativas de la gente por el órgano reproductor que llevan entre las piernas, que ya estamos grandecitos para cuentos de Caperucitas sumisas y lobos feroces que viven en macholandia, donde sólo ellos llevan la batuta. Detrás de un hombre tranquilo, no siempre hay una mujer dándole agua de panty.

Originalmente publicado en la revista SML #1, marzo de 2016.
Un año después, la autora se casó con un hombre torbellino y planea escribir sobre esta experiencia pronto.

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