Peter Pan ni sabe

El otro día estaba en una sala de espera y escuchaba a una chica que hablaba por celular: “¿En serio? ¡No puede ser que él tenga mi edad! Yo tengo 22, ¡él ya es un adulto!”. En principio fue un momento WTF para mí (¡¿cómo que a los 22 años no te consideras adulta todavía?!), pero luego recordé que según los psicólogos, ahora la adolescencia termina alrededor de los 25. Mi mamá se casó a los 23 en los años ochenta, y en épocas muy anteriores a la suya, las chiquillas de 15 o 16 ya caminaban hacia el altar. Hoy es de lo más normal que no quieras casarte ni tener hijos, que a los 28 todavía uses camisetas estampadas con personajes de dibujos animados y que juegues videojuegos aun después de los 35. De hecho, hace unos meses me topé con una columna en una revista panameña, donde el autor refunfuñaba porque su pareja no lo dejaba decorar la casa con pósters de Dragon Ball y figuras de acción de sus superhéroes favoritos. Pero contrario a la creencia popular de que el síndrome de Peter Pan es exclusivo de los hombres, las mujeres también andamos más o menos en las mismas, y es un fenómeno generalizado en Occidente. En Italia se llaman bamboccioni, en Polonia son los maminsynki y la prensa gringa habla de kidults, twixters y otro montón de apelativos inventados para describir a las nuevas generaciones que hacen a sus tatarabuelos revolcarse en sus tumbas.

Lo más sencillo es reconciliarse con la idea de que los tiempos cambian y punto, pero en realidad no cambian mágicamente o porque sea el curso “natural” de las cosas, aparte de que tampoco es que sea algo nuevo. Los siglos XIX y XX ya daban cuenta de una cultura occidental fascinada con fantasías juveniles como Alicia en el país de las maravillas, Peter Pan, Las crónicas de Narnia, El maravilloso mago de Oz y El Hobbit, todas ellas influenciadas por los cuentos de hadas del XVII y dirigidas en principio a un público infantil, pero ampliamente disfrutadas por los adultos. El auge de estas obras literarias coincide con el crecimiento de las ciudades, el surgimiento de la mecanización, el desarrollo de los mercados, los grandes avances científicos y un montón de transformaciones de todo tipo que resultarían en el predominio del pensamiento racionalista, algo que a la vez crearía las condiciones adecuadas para convertir a la imaginación y la fantasía en los antídotos escapistas por excelencia.

Hoy está claro que el panorama económico no pinta lo suficientemente bien como para que todo el mundo se embarque en responsabilidades tan grandes como reproducirse o comprar una casa, y a esa fuerza tan determinante se suma un lento pero contundente debilitamiento de instituciones como la familia, los colectivos políticos o la Iglesia, que antes marcaban la pauta en el modelo de adultez tradicional y vigilaban que la gente no se inclinara demasiado hacia sus intereses personales (ojo, que no soy religiosa). Ahora la industria de la autoayuda nos habla de revivir al niño interior, a la vez que abundan los blogs sobre #wanderlust y abandonarlo todo para irse por el mundo con una mochila al hombro; los millennials reniegan de las fotos de bodas y bebés en las redes sociales, mientras Hollywood rentabiliza la nostalgia con un desfile interminable de remakes, reboots, secuelas, superhéroes y cuentos de hadas. Todo este guacho se resume en que las capas medias urbanas parecen haberse infantilizado, casi como si hubiesen regresado a esa etapa de la vida cuando todavía la conciencia hacia los demás no está muy desarrollada y la única brújula son las propias emociones, impulsos y deseos. Aclaro que hablo de las capas medias urbanas (capas, no clase), no porque la gente del campo, de los barrios populares o de la yeyesada no disfruten también de algunos hobbies y expresiones culturales juveniles, sino porque para ellos no es algo tan determinante en sus identidades, conductas y decisiones de vida. Para efectos, nada beneficia más a un Mercado hiperactivo, productor de mercancías y nece[si]dades ilimitadas, que personas individualistas, con vínculos comunitarios casi nulos, y cuyo único compromiso es consigo mismos, obedeciendo a una aparente potencialidad infinita de explorar y experimentar en busca de la felicidad.

A propósito de eso, hace poco se viralizó un video motivacional sobre tener paciencia con uno mismo, que cada quién va a su propio ritmo y que no te preocupes si tienes equis edad y no has logrado tal o cuál cosa. Claro, lógicamente todos somos diferentes y no tenemos que encajar en un solo molde, pero es mentira que todo el mundo puede tomarse el tiempo que quiera para jugar al ensayo y error a ver qué pasa; sólo pueden hacerlo quienes cuentan con el apoyo financiero de papá y mamá. También con la reciente —y ya expirada— moda de Pokemon Go, circuló bastante un meme que decía algo como “el hecho de que tu niño interior esté muerto, no significa que debas destruir el de otras personas con tu complejo de madurez”. Aunque sea un pensamiento ingenuo, lo comprendo, sobre todo porque me reconozco en algunas de las cosas que yo misma acabo de criticar: también estoy cerca de los 30 y mantengo algunos hábitos de consumo y hobbies de mi niñez, sigo jugando videojuegos, aún me gustan las cómicas y soy fanática incurable de Harry Potter, pero es que nadie está diciendo que hay que desechar la curiosidad, la creatividad y la ilusión de cuando éramos niños y el mundo nos parecía más bonito; es que nos demos cuenta de que el extremo presentismo, la relativización absoluta y el “todo vale” de la filosofía posmodernilla forever young no son simples elecciones personales a las que aplicar el “vive y deja vivir”. Como decía antes, nada en la cultura pasa al azar, y ni siquiera los gustos, por muy privados e individuales que parezcan, escapan de estar mediados por las dinámicas económicas, sociales, y culturales que mueven al mundo (en especial las económicas, que moldean a las demás). En este caso lo jodido es que esa prolongación indefinida de la adolescencia no sólo nos mantiene en una especie de limbo hedonista en el que postergamos los riesgos y las responsabilidades; también profundiza la crisis individualista en que nos ha sumido este sistema.

Con todo esto pensarán que estoy poseída por una doña, pero a menos que nada nos importe, no está de más pararnos a pensar de vez en cuando sobre qué significan cosas tan triviales como ponerse un calzoncillo de Batman, en especial porque alimentar al niño interior no tiene por qué ser un síntoma de inmadurez si entendemos que estar en esta Tierra no se trata sólo de uno mismo.

Originalmente publicado en la revista SML #4, noviembre de 2016.

 

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