Identidad, autodiseño y cultura

Quien haya visto El club de la pelea, recordará el famoso monólogo de Tyler Durden que circula inmortalizado en cientos de memes: “No eres el auto que conduces. No eres el contenido de tu billetera. No eres tus malditos caquis”.

El sentido común, la filosofía y la ciencia conciben sus propias definiciones de lo que somos, pero entre todas ellas, también somos historias que narramos a los demás; a veces verbalmente, pero la mayoría del tiempo en silencio. De forma permanente mostramos aquello que creemos ser, y lo hacemos desde el mundo de los objetos con su propio lenguaje y semiótica: la ropa como reflejo de nuestro ánimo; el auto como extensión de nuestra personalidad, pero también las ollas y la tostadora; el smartphone y el llavero; la agenda y el paraguas. Atribuimos rasgos humanos a los objetos y los usamos para diferenciarnos, para construir nuestra identidad. Así las cosas, no resulta extraño ver en la Transístmica una valla que anuncie grifería de baño que “es como tú”.

Históricamente, todas las culturas han tenido preocupaciones estéticas, pero las occidentales, desde el centro hasta la periferia, están enmarcadas en las interacciones de las personas con los artefactos y las cosas. Desde la Revolución Industrial hasta el nacimiento del diseño moderno en el siglo XX, la estetización de los objetos se iría convirtiendo además en la estetización del sujeto, y hoy es tal nuestra obsesión, que para mucha gente la libertad está supeditada a tener múltiples opciones de productos para el consumo. El autodiseño, o la práctica de diseñarnos a nosotros mismos, se cuela en el tiempo de ocio, las redes sociales, las series de TV, la música… en todo aquello que pensamos nos define de alguna manera y que, aun si lo hacemos por entretenimiento o gusto personal, no deja de tener una función social.

IdentityandConsumption

Habitamos un mundo convulso en el que nos sentimos espectadores indefensos e impotentes, donde una de las pocas cosas que parecen seguir bajo nuestro control es nuestra identidad individual y la posibilidad de expresarla. Así cobran fuerza las llamadas guerras culturales, permeadas por las propias dinámicas de la globalización: de la economía política hemos pasado a las luchas por el derecho al reconocimiento, a que el Estado y el resto del mundo legitimen nuestras relaciones, decisiones e identidades; nuestra felicidad individual. Al no poder controlar el caos en el que nos vemos inmersos, la individualidad y lo simbólico se imponen sobre lo colectivo y lo tangible.

La realidad social y la cultura no pueden ser entendidas en términos simplistas ni binarios, pero no cabe duda de que la transición del capitalismo industrial al capitalismo financiero, y más tarde la caída del Muro de Berlín (antecedida por el nacimiento y el desarrollo temprano de la cultura de masas), abonaron el terreno de las ideas sobre el advenimiento del “mundo libre”, donde el autodiseño se erige como la práctica del pensamiento posmoderno y neoliberal. El muro había caído, el make yourself estaba vivo, y se instalaba una nueva visión del mundo: que no hay nada de qué preocuparnos mientras podamos elegir entre Nike y Adidas, McDonald’s y KFC, o el color de la espátula para dar vuelta a los pancakes.

El diseño obligatorio de sí –como lo llama Boris Groys– tiene una función importante en los movimientos sociales actuales, en tanto fortalece el individualismo y el carácter posmoderno que los constituye. Las guerras culturales (que incluyen Oriente versus Occidente, el matrimonio igualitario, la legalización de la marihuana y del aborto, entre otros) son importantes, pero tampoco deberían ser el centro de las reivindicaciones sociales si recordamos amenazas como la desigualdad o el cambio climático.

Tyler Durden nos recuerda que no somos nuestras pertenencias, pero yo agregaría que no es producto del azar que lo olvidemos constantemente. Nada en la cultura es accidental, por lo que deberíamos comenzar a preguntarnos qué ocurre en el mundo cuando lo imaginario y lo simbólico se imponen sobre la realidad material.

 

Originalmente publicado en el diario La Estrella de Panamá, el 19 de junio de 2017.

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