Millennials y hegemonía cultural

A nadie le gustan las etiquetas, pero parece ser otra historia cuando hablamos de las generaciones. Baby boomers, X, Y, Z… Cada una tiene su nombre y estereotipos que los medios y la gente reproducen a diestra y siniestra, pero sin duda, la más discutida y criticada en el último tiempo es la Y, mejor conocida como los millennials. Se dice que defienden la corrección política y se ofenden fácilmente; que juegan a ser emprendedores y CEOs con el dinero de mamá y papá; que predican el evangelio mochilero y viven en el limbo del eterno ensayo y error. Que sufren crisis existenciales si sus trabajos no se adaptan a sus sueños y necesidades, y que no quieren saber de hijos ni de grandes responsabilidades, porque además no gozan de la misma estabilidad económica que a esa edad tenían sus padres. En general se considera millennial a cualquier persona nacida entre 1981 y 2000, aunque para mucha gente simplemente son todos los jóvenes malcriados que no terminan de aterrizar en la realidad. Las pugnas intergeneracionales no son nada nuevo, pero asignar categorías gringas a nuestras realidades sociales, tampoco.

La hegemonía cultural de los Estados Unidos es potente y arrolladora, sobre todo en un país como el nuestro, cuya historia e identidad han sido profundamente marcadas por 150 años de ocupación, pero además por la influencia política y económica que aún se mantiene. Pero sería un error tratar de entender a la juventud panameña utilizando categorías que corresponden a un contexto sociohistórico muy diferente al nuestro, aun si la globalización y las nuevas tecnologías hacen posible que algunos grupos etarios sean similares en países distintos. ¿Podríamos hablar de baby boomers en Panamá, considerando que en EEUU es la generación nacida en el boom económico posterior a la II Guerra Mundial? Seguramente no.

El análisis sociodemográfico es importante porque, si bien la globalización homogeniza los modelos económicos y el ‘consumo’ cultural, siempre hay un sector importante de la población que no se beneficia de ello. Por ejemplo, ¿sería posible afirmar que todos los jóvenes panameños entre los 18 y 35 años pueden viajar con cierta frecuencia, estudiar en el extranjero o cambiar de carrera hasta 2 y 3 veces; disponer del apoyo económico y del capital social para empezar su propio negocio, o rechazar las responsabilidades de la adultez para poder experimentar? ¿Sería posible decir que todos los jóvenes panameños de esas edades han tenido las condiciones materiales que los han hecho menos resistentes a los embates de la vida, como se dice de los millennials?

Más aun, ni siquiera en Estados Unidos es posible afirmar que todos los jóvenes en ese rango de edad encajan en la descripción, y en Panamá son muchos menos, una realidad que se impone si miramos hacia el mundo rural e indígena, o hacia las zonas urbano-marginales. Entonces, cuando hablamos de millennials en Panamá (o en cualquier país), más bien nos referimos mayoritariamente a los jóvenes de las capitales urbanas que tienen los recursos culturales, educativos y económicos para vivir bajo la filosofía del “yo vine aquí a ser feliz”. En las áreas rurales y los barrios marginales, los jóvenes enfrentan realidades alejadas de los “startups”, el “coworking” o la “innovación”; no pueden “foldear” si un trabajo no llena sus expectativas, y tampoco están demasiado enterados de la batalla de turno en las guerras culturales de las capas medias progresistas.

Sin darnos cuenta, la colonialidad se mantiene desde el lenguaje y la cultura: usamos categorías ajenas que no sólo empañan la realidad de nuestro contexto, sino que además, en el caso de los “millennials”, imponen un modelo de juventud arraigado en el nihilismo que va de lo moral a lo estético; del humor a la vestimenta; de lo personal a lo político.

Con frecuencia, los que encajan en la categoría de millennials se perciben a sí mismos como la esperanza del futuro, los que lideran los nuevos movimientos sociales y los mejor preparados para resolver la situación económica y política desde el emprendimiento o el trabajo con sentido. Creen en el ciberactivismo, en el poder de las decisiones individuales y en un capitalismo consciente o más humano, pero pasan por alto los factores sistemáticos y estructurales que falsean esas ilusiones. Como parte de esta generación, creo necesario cuestionar las categorías que nos han impuesto, no sólo porque se alejan de la realidad, sino porque además tienen el poder de definirnos, y no necesariamente a nuestro favor.

 

Originalmente publicado en La Estrella de Panamá, 3 de julio de 2017.