Millennials y hegemonía cultural

A nadie le gustan las etiquetas, pero parece ser otra historia cuando hablamos de las generaciones. Baby boomers, X, Y, Z… Cada una tiene su nombre y estereotipos que los medios y la gente reproducen a diestra y siniestra, pero sin duda, la más discutida y criticada en el último tiempo es la Y, mejor conocida como los millennials. Se dice que defienden la corrección política y se ofenden fácilmente; que juegan a ser emprendedores y CEOs con el dinero de mamá y papá; que predican el evangelio mochilero y viven en el limbo del eterno ensayo y error. Que sufren crisis existenciales si sus trabajos no se adaptan a sus sueños y necesidades, y que no quieren saber de hijos ni de grandes responsabilidades, porque además no gozan de la misma estabilidad económica que a esa edad tenían sus padres. En general se considera millennial a cualquier persona nacida entre 1981 y 2000, aunque para mucha gente simplemente son todos los jóvenes malcriados que no terminan de aterrizar en la realidad. Las pugnas intergeneracionales no son nada nuevo, pero asignar categorías gringas a nuestras realidades sociales, tampoco.

La hegemonía cultural de los Estados Unidos es potente y arrolladora, sobre todo en un país como el nuestro, cuya historia e identidad han sido profundamente marcadas por 150 años de ocupación, pero además por la influencia política y económica que aún se mantiene. Pero sería un error tratar de entender a la juventud panameña utilizando categorías que corresponden a un contexto sociohistórico muy diferente al nuestro, aun si la globalización y las nuevas tecnologías hacen posible que algunos grupos etarios sean similares en países distintos. ¿Podríamos hablar de baby boomers en Panamá, considerando que en EEUU es la generación nacida en el boom económico posterior a la II Guerra Mundial? Seguramente no.

El análisis sociodemográfico es importante porque, si bien la globalización homogeniza los modelos económicos y el ‘consumo’ cultural, siempre hay un sector importante de la población que no se beneficia de ello. Por ejemplo, ¿sería posible afirmar que todos los jóvenes panameños entre los 18 y 35 años pueden viajar con cierta frecuencia, estudiar en el extranjero o cambiar de carrera hasta 2 y 3 veces; disponer del apoyo económico y del capital social para empezar su propio negocio, o rechazar las responsabilidades de la adultez para poder experimentar? ¿Sería posible decir que todos los jóvenes panameños de esas edades han tenido las condiciones materiales que los han hecho menos resistentes a los embates de la vida, como se dice de los millennials?

Más aun, ni siquiera en Estados Unidos es posible afirmar que todos los jóvenes en ese rango de edad encajan en la descripción, y en Panamá son muchos menos, una realidad que se impone si miramos hacia el mundo rural e indígena, o hacia las zonas urbano-marginales. Entonces, cuando hablamos de millennials en Panamá (o en cualquier país), más bien nos referimos mayoritariamente a los jóvenes de las capitales urbanas que tienen los recursos culturales, educativos y económicos para vivir bajo la filosofía del “yo vine aquí a ser feliz”. En las áreas rurales y los barrios marginales, los jóvenes enfrentan realidades alejadas de los “startups”, el “coworking” o la “innovación”; no pueden “foldear” si un trabajo no llena sus expectativas, y tampoco están demasiado enterados de la batalla de turno en las guerras culturales de las capas medias progresistas.

Sin darnos cuenta, la colonialidad se mantiene desde el lenguaje y la cultura: usamos categorías ajenas que no sólo empañan la realidad de nuestro contexto, sino que además, en el caso de los “millennials”, imponen un modelo de juventud arraigado en el nihilismo que va de lo moral a lo estético; del humor a la vestimenta; de lo personal a lo político.

Con frecuencia, los que encajan en la categoría de millennials se perciben a sí mismos como la esperanza del futuro, los que lideran los nuevos movimientos sociales y los mejor preparados para resolver la situación económica y política desde el emprendimiento o el trabajo con sentido. Creen en el ciberactivismo, en el poder de las decisiones individuales y en un capitalismo consciente o más humano, pero pasan por alto los factores sistemáticos y estructurales que falsean esas ilusiones. Como parte de esta generación, creo necesario cuestionar las categorías que nos han impuesto, no sólo porque se alejan de la realidad, sino porque además tienen el poder de definirnos, y no necesariamente a nuestro favor.

 

Originalmente publicado en La Estrella de Panamá, 3 de julio de 2017.

Identidad, autodiseño y cultura

Quien haya visto El club de la pelea, recordará el famoso monólogo de Tyler Durden que circula inmortalizado en cientos de memes: “No eres el auto que conduces. No eres el contenido de tu billetera. No eres tus malditos caquis”.

El sentido común, la filosofía y la ciencia conciben sus propias definiciones de lo que somos, pero entre todas ellas, también somos historias que narramos a los demás; a veces verbalmente, pero la mayoría del tiempo en silencio. De forma permanente mostramos aquello que creemos ser, y lo hacemos desde el mundo de los objetos con su propio lenguaje y semiótica: la ropa como reflejo de nuestro ánimo; el auto como extensión de nuestra personalidad, pero también las ollas y la tostadora; el smartphone y el llavero; la agenda y el paraguas. Atribuimos rasgos humanos a los objetos y los usamos para diferenciarnos, para construir nuestra identidad. Así las cosas, no resulta extraño ver en la Transístmica una valla que anuncie grifería de baño que “es como tú”.

Históricamente, todas las culturas han tenido preocupaciones estéticas, pero las occidentales, desde el centro hasta la periferia, están enmarcadas en las interacciones de las personas con los artefactos y las cosas. Desde la Revolución Industrial hasta el nacimiento del diseño moderno en el siglo XX, la estetización de los objetos se iría convirtiendo además en la estetización del sujeto, y hoy es tal nuestra obsesión, que para mucha gente la libertad está supeditada a tener múltiples opciones de productos para el consumo. El autodiseño, o la práctica de diseñarnos a nosotros mismos, se cuela en el tiempo de ocio, las redes sociales, las series de TV, la música… en todo aquello que pensamos nos define de alguna manera y que, aun si lo hacemos por entretenimiento o gusto personal, no deja de tener una función social.

Habitamos un mundo convulso en el que nos sentimos espectadores indefensos e impotentes, donde una de las pocas cosas que parecen seguir bajo nuestro control es nuestra identidad individual y la posibilidad de expresarla. Así cobran fuerza las llamadas guerras culturales, permeadas por las propias dinámicas de la globalización: de la economía política hemos pasado a las luchas por el derecho al reconocimiento, a que el Estado y el resto del mundo legitimen nuestras relaciones, decisiones e identidades; nuestra felicidad individual. Al no poder controlar el caos en el que nos vemos inmersos, la individualidad y lo simbólico se imponen sobre lo colectivo y lo tangible.

La realidad social y la cultura no pueden ser entendidas en términos simplistas ni binarios, pero no cabe duda de que la transición del capitalismo industrial al capitalismo financiero, y más tarde la caída del Muro de Berlín (antecedida por el nacimiento y el desarrollo temprano de la cultura de masas), abonaron el terreno de las ideas sobre el advenimiento del “mundo libre”, donde el autodiseño se erige como la práctica del pensamiento posmoderno y neoliberal. El muro había caído, el make yourself estaba vivo, y se instalaba una nueva visión del mundo: que no hay nada de qué preocuparnos mientras podamos elegir entre Nike y Adidas, McDonald’s y KFC, o el color de la espátula para dar vuelta a los pancakes.

El diseño obligatorio de sí –como lo llama Boris Groys– tiene una función importante en los movimientos sociales actuales, en tanto fortalece el individualismo y el carácter posmoderno que los constituye. Las guerras culturales (que incluyen Oriente versus Occidente, el matrimonio igualitario, la legalización de la marihuana y del aborto, entre otros) son importantes, pero tampoco deberían ser el centro de las reivindicaciones sociales si recordamos amenazas como la desigualdad o el cambio climático.

Tyler Durden nos recuerda que no somos nuestras pertenencias, pero yo agregaría que no es producto del azar que lo olvidemos constantemente. Nada en la cultura es accidental, por lo que deberíamos comenzar a preguntarnos qué ocurre en el mundo cuando lo imaginario y lo simbólico se imponen sobre la realidad material.

 

Originalmente publicado en el diario La Estrella de Panamá, el 19 de junio de 2017.

Taxis, Uber y libertad entre comillas

Ya todos sabemos que algunos taxistas son unas prenditas y que Uber es maravilloso, seguro, innovador y cura el cáncer, pero el rabioso debate sobre taxis versus Uber no es más que otra manera en que la clase trabajadora se pelea mientras los empresarios y el Estado se echan fresco desde las gradas. Dicho de otro modo, los choferes de Uber y los taxistas (junto con los propios usuarios) están en una situación más similar de lo que parece.

Uber no es un concesionario ni una piquera de taxis; es un emprendimiento tecnológico que se vale de esta etiqueta para no tener que pagar impuestos de manera consustancial a todo el dinero que ganan. Además, no pagan seguros ni prestaciones a los conductores porque en teoría, éstos no trabajan “en” la empresa (pero sí “para” ella, porque les producen riquezas ¿no?). Estos conductores se someten al trabajo precario e informal, al igual que los taxistas, pero en el caso de Uber hablamos de una empresa que, sin poner más que una aplicación que conecta a los pasajeros con los conductores, se vale del esfuerzo de personas que por la necesidad de un ingreso extra, ponen su tiempo, su trabajo y el desgaste de su propio auto.

Podría decirse que es una relación ganar-ganar, que a los conductores nadie les pone un revólver en la cabeza y que eligen estar con Uber libremente, pero la paila es la que manda y la gente va a buscar la manera de sobrevivir, aunque eso signifique desgastar un recurso que les ha costado tanto dinero, mientras otro se embolsilla la mayor parte de las ganancias. Hacer algo por necesidad no es libertad ni colaboración, es coerción sistemática, y la única supuesta libertad que tenemos es la de elegir a quién le vendemos el alma. Otros dirán que los conductores de Uber son hasta emprendedores o que están empoderados, pero el chofer no tiene ninguna propiedad sobre los medios de producción, que en este caso se supone que serían su auto y su celular. El medio de producción es la aplicación, y ésta no le pertenece.

Para los trabajadores en general, la llamada economía colaborativa o la “uberización” del trabajo no es más que precarización “elegida libremente”, como todo en el libre mercado, mientras una empresa lucra solucionando, o más bien rentabilizando y especulando con una necesidad de la gente que el Estado no quiere resolver. Dirán que el creador de Uber fue el que tuvo la idea y se arriesgó, invirtió, etc., y por eso “merece” ser rico (ahí vamos con la meritocracia), pero al igual que todas las empresas, Uber extrae plusvalía* de sus trabajadores para poder acumular riqueza, y en este caso es peor porque ni siquiera la extrae de trabajadores contratados formalmente con sus respectivos beneficios, porque eso no sería negocio para ellos. Por otro lado, especulan con las tarifas cuando les place, y se supone que el usuario es “libre” de pagarla o no, pero es una libertad falsa, porque está condicionada a lo pésimo que es el transporte público en Panamá y a lo malo y peligroso que es el servicio de los taxis. Si elijo algo porque no me queda de otra, ¿es libertad?

Según la libre competencia, entre otras cosas, las empresas deben mejorar sus productos y servicios constantemente para estar a la altura de lo que piden sus clientes y mantenerse competitivas. En ello se basa la gente para decir que si los taxistas quieren seguir en el negocio, deben ponerse las pilas para estar a la altura. Parece lógico, pero en este caso no estamos hablando de una gran empresa que compite contra otra, ni contra pequeños empresarios, como se podría pensar que son los taxistas. Estamos hablando de una empresa millonaria que compite contra gente que, además de ser trabajadores informales y precarios, muchos son explotados por los concesionarios (varios de los cuales son propiedad de diputados, o de extranjeros que vienen con dinero a someter a la gente pobre en Panamá), lo que los obliga a andar como carritos locos, con el “no voy” y cobrando lo que les da la gana porque tienen que cumplir con las cuotas absurdas que éstos les imponen, de hasta 80 o cien dólares al día. En otras palabras, los concesionarios especulan (al igual que los empresarios especulan con la vivienda, los alimentos y demás necesidades básicas que se rigen por las leyes del mercado), así que los taxistas terminan haciendo lo mismo. La gente insiste en que ellos tienen que mejorar su servicio como si fuesen una empresa cualquiera, pero la realidad es que ni el transporte, ni la salud, ni nada que beneficie a la mayoría de la población, debe quedar a merced de la lógica de mercado, especuladora y de competencia salvaje.

Que los taxis ofrezcan un servicio de calidad no dependerá de que compitan “libremente” y a muerte contra un gigante que tiene todas las de ganar, sino de que sean regulados por el Estado para que, al igual que en otros países, ofrezcan mayor seguridad, manejen ordenadamente, estén limpios, sigan las normas ambientales, cobren lo justo, den factura, vayan donde el pasajero les indique, se dejen de groserías y malas mañas, además de que se acabe el japai de los concesionarios o dueños de cupos.

Uber no es más que otra empresa oportunista y explotadora*, pese a lo que digan quienes predican el evangelio de la innovación y del emprendedurismo solucionista, amén. De todos modos, mientras usuarios, taxistas y conductores de Uber se enredan en un acalorado debate sin fin, el Estado pasa agachado porque no regula ni a Uber ni a los taxis, y una vez más se salva de responder a las necesidades básicas del pueblo. Y sí, yo también he vivido experiencias de terror con los taxistas y hasta me pone nerviosa manejar cerca de ellos, pero jamás se me ocurriría aplaudir a Varela por amenazar con quitarle un medio de subsistencia a personas humildes, en vez de él hacer lo que le corresponde. Por una vez en su vida no le caería mal, y al pueblo tampoco.

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*Cuando hablo de explotación, no necesariamente me refiero a trabajar 16 horas al día por una miseria de salario. Pensamos que no nos explotan porque se supone que elegimos libremente vender nuestra fuerza de trabajo a una empresa, pero la explotación está en la extracción de plusvalía de los trabajadores, ocultada bajo las relaciones mercantiles supuestamente libres. Para una definición más profunda de plusvalía, ver: http://www.eumed.net/cursecon/dic/bzm/p/plusvalia.htm

Políticas del pornocliché

Lo digo sin pena: no me van para nada los juguetes sexuales ni las extravaganzas eróticas. No soy religiosa ni puritana; mucho menos conservadora. Tampoco creo que los dildos, el bondage o los disfraces tengan algo de malo en sí mismos, pero tampoco creo que tengan que ver con el empoderamiento de las mujeres ni con una buena salud sexual. Parece una obviedad que todo tiene su gente y que a cada uno le gusta lo que le gusta, pero de cierta forma, la industria de los juguetes para adultos y el movimiento de la liberación sexual tienen una historia en común, así que no es casualidad que para mucha gente —incluso para cierto tipo de feministas—, el sexo orgánico y sin gluten sea una señal de mojigatería santurrona. En esa línea hay quienes piensan que las prácticas no tradicionales son empoderadoras, y por ahí mismo la depilación láser, el baile de tubo como deporte, subir selfies medio en bolas o recibir una calurosa lluvia dorada. Es que ahora se supone que cualquier cosa que elija una mujer es celebrable sólo por el hecho de haberlo elegido ella misma, pero en general el tema del empoderamiento se ha salido de control por la sencilla razón de que ya la palabra puede significar cualquier cosa, a tal punto que ya no significa nada.

Ajá, la revolución sexual nos permitió separar el sexo del compromiso, las mujeres reclamamos nuestra intimidad con la exploración individual de nuestro propio placer y un etcétera medio largo, pero no nos hagamos los locos con las trampas y contradicciones que han surgido con el ingrediente de la posmodernidad. Mi ejemplo favorito es la completa distorsión de una frase clave en el movimiento feminista: “lo personal es político”. Lo que fuese un poderoso mantra para hacer a las mujeres entender que sus experiencias más íntimas de opresión eran parte de una estructura de poder mucho mayor, terminó deformándose en la tercera ola del movimiento (a finales de los 80 hasta hoy), cuando las posmodernas empezaron a reinterpretar estas palabras para argumentar que las prácticas y decisiones diarias individuales, como rasurarse o no, maquillarse o no, usar tacones o no, y en este caso, la forma en la que tengas sexo, tienen un impacto colectivo en términos políticos. De ahí que para algunas el empoderamiento tenga todo que ver con la calidad, la cantidad y la variedad de las relaciones sexuales que cada una tenga, pero yo me mantengo en que lo individual no supera nunca a lo colectivo, porque el empoderamiento no tiene nada que ver con cómo te sientas, sobre todo cuando ese sentir está ligado al consumo y a la complacencia de la identidad (“me compro este vibrador, esta lencería o este lápiz labial para sentirme empoderada”). Está perfecto sentirse bien con uno mismo e incluso desafiar lo establecido, pero nada de eso te hace ser menos desigual en la sociedad, ni ayuda a otros/as a dejar de serlo.

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El empoderamiento no es una mercancía.

Como decía al principio, a cada uno le gusta lo que le gusta, pero por amor a algo, detengámonos un momento a pensar por qué de un tiempo para acá se supone que tenemos que seguir un montón de mandatos y consumir equis productos para sentir que llevamos una sexualidad plena y sana. ¿Por qué tenemos que sucumbir a la autoayuda sexual escuchando a la sexóloga in, comprando el último vibrador con cámara y despertador, y si somos feministas, necesariamente tragarnos el manifiesto ecosexual, el bullshit del postporno o el último invento progre? No me incumbe en absoluto la vida íntima del que quiera hacer todo eso si lo hace feliz, pero entre tanto pornocliché, tengo la sensación de que lo “tradicional” empieza a moverse hacia la alteridad. En el caso de las mujeres es peor, porque jurando que por seguir el guión somos más libres, volvemos a la sujeción con tanto dictamen de ese capitalismo emocional que nos dice que el placer también conlleva trabajo y esfuerzo, como aprender a ser sexy y cumplir con los estereotipos del imaginario pornográfico masculino; en otras palabras, ser unas “freaks” que prueban y hacen “de todo”.

Con la hipersexualización de la cultura y los incansables esfuerzos por encontrar la novedad constante, sospecho que una de las tantas razones por las que hoy las parejas duran menos es porque han interiorizado el mensaje de que el sexo no sólo es primordial, sino que debe ser acrobático, maratónico y pornográfico. Bajo esa lógica, la gente paniquea y sale huyendo a la primera señal de la temidísima rutina, pero ¿acaso esas parejas de abuelitos que llevan 50 años tuvieron que recurrir a una sarta de aparatos y artilugios para mantener viva la relación? Más bien creo que eran épocas menos egoístas y más solidarias, donde lo que se desgastaba se reparaba en lugar de mandarlo directo al tacho de basura. También es cierto que intervienen más factores y que muchas de esas parejas duraron porque las abuelitas se aguantaron más de 4 sinvergüenzuras y actitudes machistas como les enseñaron, pero no deja de ser cierto que eran tiempos de menos yo-yo (para el que todavía le interese la monogamia, claro).

A veces estamos tan vacíos, o tan llenos de nosotros mismos, que buscamos la satisfacción y la felicidad en todos los lugares equivocados. En este tema, a mí déjenme con el sexo más orgánico y artesanal, como dirían los hipsters.

Publicado en la revista SML #6, marzo de 2017.

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La cantaleta de la educación

“La educación viene de casa”. Ese mantra que tanta gente repite sin parar, como si todas las casas fuesen hogares. Como si todos los padres fuesen amorosos y responsables, o como si aquellos que sí lo son, pudiesen controlar el mundo más allá de la burbuja que intentan construir para ellos mismos y su familia. Como si los medios de (des)información, la publicidad, el machismo, la pobreza, la desigualdad y la propia cultura (que también es la suma de todo lo anterior) no tuviesen una dimensión educativa que construye a cada sujeto más allá de las paredes de su casa. Como si nos volviésemos inmunes a todo eso “si nos portamos bien”.

Luego de las dizque amenazas a la primera dama, muchos se preguntan qué culpa tienen ella o el presidente. A la gente le da vergüenza culpar al Estado, a un presidente, a un sistema, a una potencia abusiva o a cualquier factor externo porque andan metidos en su fantasía nietzscheana y no quieren ser percibidos como débiles, conspiranoicos o irresponsables. Pero la violencia es un fenómeno social, no individual, así que las decisiones políticas tienen todo que ver. El presidente es culpable (aunque no el único) junto con todos los que se han sentado antes a calentar esa silla mientras se embolsillan la plata del pueblo, profundizando esa desigualdad que genera la violencia a la que tememos. Mientras tanto, ellos viven tranquilos en sus barrios amurallados, con sus cámaras, garitas, alarmas y guachimanes.

Pero son culpables también los medios que legitiman y reproducen el machismo y los modelos de masculinidad agresiva y brutal. ¿Alguna vez se han preguntado por qué las niñas y mujeres no andan de matonas o gatilleras? Aunque a muchos les arda, estadísticamente son los hombres quienes cometen la mayoría de los actos de violencia en el mundo, pero no es porque nazcan así o porque tener pene los haga naturalmente violentos, sino porque así lo aprenden, y no necesariamente en casa. Si la buena educación en casa tuviese algo que ver, no habría tantos padres y madres que lloran a un hijo chacal aun habiendo hecho todo lo posible por sacarlo adelante. Repiten y repiten que la educación es la respuesta a todo, pero los que más roban y matan (sin necesidad de halar un gatillo), vienen de “buenas familias” y han tenido acceso a “educación de excelencia” en las mejores universidades extranjeras. ¿De qué vale la educación si sólo sirve para reproducir un sistema de mierda?

La ideología individualista (que no salió de la nada ni opera sola) no sólo hace que nos importen un comino los demás; también nos hace creer que “si yo cambio, todo cambia”. Pero lo que cada uno enseñe a sus hijos en casa seguirá dando perfectamente igual mientras no exista un proyecto de país opuesto al que hay ahora, ni políticas públicas adecuadas para prevenir y atender la problemática de la violencia. Y eso no pasará mientras el pueblo no se organice para luchar; mientras siga soñando que no tiene nada que exigir al Estado, y mientras sigamos creyendo que basta con ser buenos ciudadanos y buenos padres para remediar este verguero que tenemos.

Publicado en Facebook el 18 de abril de 2017.

Peter Pan ni sabe

El otro día estaba en una sala de espera y escuchaba a una chica que hablaba por celular: “¿En serio? ¡No puede ser que él tenga mi edad! Yo tengo 22, ¡él ya es un adulto!”. En principio fue un momento WTF para mí (¡¿cómo que a los 22 años no te consideras adulta todavía?!), pero luego recordé que según los psicólogos, ahora la adolescencia termina alrededor de los 25. Mi mamá se casó a los 23 en los años ochenta, y en épocas muy anteriores a la suya, las chiquillas de 15 o 16 ya caminaban hacia el altar. Hoy es de lo más normal que no quieras casarte ni tener hijos, que a los 28 todavía uses camisetas estampadas con personajes de dibujos animados y que juegues videojuegos aun después de los 35. De hecho, hace unos meses me topé con una columna en una revista panameña, donde el autor refunfuñaba porque su pareja no lo dejaba decorar la casa con pósters de Dragon Ball y figuras de acción de sus superhéroes favoritos. Pero contrario a la creencia popular de que el síndrome de Peter Pan es exclusivo de los hombres, las mujeres también andamos más o menos en las mismas, y es un fenómeno generalizado en Occidente. En Italia se llaman bamboccioni, en Polonia son los maminsynki y la prensa gringa habla de kidults, twixters y otro montón de apelativos inventados para describir a las nuevas generaciones que hacen a sus tatarabuelos revolcarse en sus tumbas.

Lo más sencillo es reconciliarse con la idea de que los tiempos cambian y punto, pero en realidad no cambian mágicamente o porque sea el curso “natural” de las cosas, aparte de que tampoco es que sea algo nuevo. Los siglos XIX y XX ya daban cuenta de una cultura occidental fascinada con fantasías juveniles como Alicia en el país de las maravillas, Peter Pan, Las crónicas de Narnia, El maravilloso mago de Oz y El Hobbit, todas ellas influenciadas por los cuentos de hadas del XVII y dirigidas en principio a un público infantil, pero ampliamente disfrutadas por los adultos. El auge de estas obras literarias coincide con el crecimiento de las ciudades, el surgimiento de la mecanización, el desarrollo de los mercados, los grandes avances científicos y un montón de transformaciones de todo tipo que resultarían en el predominio del pensamiento racionalista, algo que a la vez crearía las condiciones adecuadas para convertir a la imaginación y la fantasía en los antídotos escapistas por excelencia.

Hoy está claro que el panorama económico no pinta lo suficientemente bien como para que todo el mundo se embarque en responsabilidades tan grandes como reproducirse o comprar una casa, y a esa fuerza tan determinante se suma un lento pero contundente debilitamiento de instituciones como la familia, los colectivos políticos o la Iglesia, que antes marcaban la pauta en el modelo de adultez tradicional y vigilaban que la gente no se inclinara demasiado hacia sus intereses personales (ojo, que no soy religiosa). Ahora la industria de la autoayuda nos habla de revivir al niño interior, a la vez que abundan los blogs sobre #wanderlust y abandonarlo todo para irse por el mundo con una mochila al hombro; los millennials reniegan de las fotos de bodas y bebés en las redes sociales, mientras Hollywood rentabiliza la nostalgia con un desfile interminable de remakes, reboots, secuelas, superhéroes y cuentos de hadas. Todo este guacho se resume en que las capas medias urbanas parecen haberse infantilizado, casi como si hubiesen regresado a esa etapa de la vida cuando todavía la conciencia hacia los demás no está muy desarrollada y la única brújula son las propias emociones, impulsos y deseos. Aclaro que hablo de las capas medias urbanas (capas, no clase), no porque la gente del campo, de los barrios populares o de la yeyesada no disfruten también de algunos hobbies y expresiones culturales juveniles, sino porque para ellos no es algo tan determinante en sus identidades, conductas y decisiones de vida. Para efectos, nada beneficia más a un Mercado hiperactivo, productor de mercancías y nece[si]dades ilimitadas, que personas individualistas, con vínculos comunitarios casi nulos, y cuyo único compromiso es consigo mismos, obedeciendo a una aparente potencialidad infinita de explorar y experimentar en busca de la felicidad.

A propósito de eso, hace poco se viralizó un video motivacional sobre tener paciencia con uno mismo, que cada quién va a su propio ritmo y que no te preocupes si tienes equis edad y no has logrado tal o cuál cosa. Claro, lógicamente todos somos diferentes y no tenemos que encajar en un solo molde, pero es mentira que todo el mundo puede tomarse el tiempo que quiera para jugar al ensayo y error a ver qué pasa; sólo pueden hacerlo quienes cuentan con el apoyo financiero de papá y mamá. También con la reciente —y ya expirada— moda de Pokemon Go, circuló bastante un meme que decía algo como “el hecho de que tu niño interior esté muerto, no significa que debas destruir el de otras personas con tu complejo de madurez”. Aunque sea un pensamiento ingenuo, lo comprendo, sobre todo porque me reconozco en algunas de las cosas que yo misma acabo de criticar: también estoy cerca de los 30 y mantengo algunos hábitos de consumo y hobbies de mi niñez, sigo jugando videojuegos, aún me gustan las cómicas y soy fanática incurable de Harry Potter, pero es que nadie está diciendo que hay que desechar la curiosidad, la creatividad y la ilusión de cuando éramos niños y el mundo nos parecía más bonito; es que nos demos cuenta de que el extremo presentismo, la relativización absoluta y el “todo vale” de la filosofía posmodernilla forever young no son simples elecciones personales a las que aplicar el “vive y deja vivir”. Como decía antes, nada en la cultura pasa al azar, y ni siquiera los gustos, por muy privados e individuales que parezcan, escapan de estar mediados por las dinámicas económicas, sociales, y culturales que mueven al mundo (en especial las económicas, que moldean a las demás). En este caso lo jodido es que esa prolongación indefinida de la adolescencia no sólo nos mantiene en una especie de limbo hedonista en el que postergamos los riesgos y las responsabilidades; también profundiza la crisis individualista en que nos ha sumido este sistema.

Con todo esto pensarán que estoy poseída por una doña, pero a menos que nada nos importe, no está de más pararnos a pensar de vez en cuando sobre qué significan cosas tan triviales como ponerse un calzoncillo de Batman, en especial porque alimentar al niño interior no tiene por qué ser un síntoma de inmadurez si entendemos que estar en esta Tierra no se trata sólo de uno mismo.

Originalmente publicado en la revista SML #4, noviembre de 2016.

 

Agua de panty

Todos hemos tenido algún encuentro cercano con el típico caso del bonachón controlado por su novia o esposa. “Lo tienen roboteado”. “Le dieron agua de panty”. ¿Que un hombre sea el del carácter tranquilo en una relación? Pánfilo. Congo. Manzanillo. Así de simple: si un hombre relax anda con una mujer de carácter fuerte, enseguida se asume que es víctima de una “cabrona”, palabrita tan de moda en algunos libruchos de autoayuda.

Yo más que nadie conozco de primera mano este fenómeno. Soy hablantina, impetuosa y a veces un poco cáustica, todo lo contrario de los hombres con los que he tenido una relación seria hasta el momento. Llámenle equilibrio, complemento, yin y yang o lo que sea, pero a los animales humanos nos va mejor cuando nos juntamos con personalidades distintas a la nuestra. El problema es que nos hemos tragado enterito el cuento de que los hombres son de Marte y las mujeres son de Venus, mientras que John Gray, gran impulsor de esta mitología, está cagado de la risa en su mansión viendo cómo nos rompemos la cabeza jugando a los equipos con conductas aprendidas que se nos venden como naturales. Irónicamente, hasta cierto punto se aplaude que una mujer tenga temple, pero si él es sensible, comparte las labores del hogar, la ayuda a organizar el baby shower de la amiga y le pasea al perro cuando ella no está, es un pendejo. Dicho de otro modo, por su propio bien es mejor que sus amigos nunca lo agarren en el pasillo de los kotex, porque lo que le viene bajando a él es un buen reviente. En cambio, casi nunca escuchamos que a una mujer “la tienen roboteada” o que “le dieron agua de calzoncillo”. Claro, la novia o esposa sosegada no es objeto de burla porque después de todo, una mujer bien tranquilita es lo deseable, lo correcto, lo esperable.

En mi caso, las indirectas sobre mis novios zen han venido de conocidos, de familiares metiches y hasta de vecinos chistositos, porque parece que la sensibilidad, la solidaridad, el compañerismo y la paciencia hacen que un hombre sobrepase la sagrada —e imaginaria— línea que divide la masculinidad de la emasculación. No digo que no haya pendejos de verdad; lo que me saca la piedra es que en estos casos se asuma que son todos y que sus parejas son unas sádicas. Y eso es lo que muchos de esos hombres introvertidos y bonachones, mal juzgados por ser felizmente pragmáticos, entienden muy bien: que no hay nada de malo en intercambiar un poco de calma y equilibrio por un poco de brío, y que a lo íntimo saben bien cómo plantarse con fuerza cuando lo amerita. ¿O cómo creen que funcionan las relaciones no heterosexuales?

Dejemos de hacernos tantas expectativas de la gente por el órgano reproductor que llevan entre las piernas, que ya estamos grandecitos para cuentos de Caperucitas sumisas y lobos feroces que viven en macholandia, donde sólo ellos llevan la batuta. Detrás de un hombre tranquilo, no siempre hay una mujer dándole agua de panty.

Originalmente publicado en la revista SML #1, marzo de 2016.
Un año después, la autora se casó con un hombre torbellino y planea escribir sobre esta experiencia pronto.