Peter Pan ni sabe

El otro día estaba en una sala de espera y escuchaba a una chica que hablaba por celular: “¿En serio? ¡No puede ser que él tenga mi edad! Yo tengo 22, ¡él ya es un adulto!”. En principio fue un momento WTF para mí (¡¿cómo que a los 22 años no te consideras adulta todavía?!), pero luego recordé que según los psicólogos, ahora la adolescencia termina alrededor de los 25. Mi mamá se casó a los 23 en los años ochenta, y en épocas muy anteriores a la suya, las chiquillas de 15 o 16 ya caminaban hacia el altar. Hoy es de lo más normal que no quieras casarte ni tener hijos, que a los 28 todavía uses camisetas estampadas con personajes de dibujos animados y que juegues videojuegos aun después de los 35. De hecho, hace unos meses me topé con una columna en una revista panameña, donde el autor refunfuñaba porque su pareja no lo dejaba decorar la casa con pósters de Dragon Ball y figuras de acción de sus superhéroes favoritos. Pero contrario a la creencia popular de que el síndrome de Peter Pan es exclusivo de los hombres, las mujeres también andamos más o menos en las mismas, y es un fenómeno generalizado en Occidente. En Italia se llaman bamboccioni, en Polonia son los maminsynki y la prensa gringa habla de kidults, twixters y otro montón de apelativos inventados para describir a las nuevas generaciones que hacen a sus tatarabuelos revolcarse en sus tumbas.

Lo más sencillo es reconciliarse con la idea de que los tiempos cambian y punto, pero en realidad no cambian mágicamente o porque sea el curso “natural” de las cosas, aparte de que tampoco es que sea algo nuevo. Los siglos XIX y XX ya daban cuenta de una cultura occidental fascinada con fantasías juveniles como Alicia en el país de las maravillas, Peter Pan, Las crónicas de Narnia, El maravilloso mago de Oz y El Hobbit, todas ellas influenciadas por los cuentos de hadas del XVII y dirigidas en principio a un público infantil, pero ampliamente disfrutadas por los adultos. El auge de estas obras literarias coincide con el crecimiento de las ciudades, el surgimiento de la mecanización, el desarrollo de los mercados, los grandes avances científicos y un montón de transformaciones de todo tipo que resultarían en el predominio del pensamiento racionalista, algo que a la vez crearía las condiciones adecuadas para convertir a la imaginación y la fantasía en los antídotos escapistas por excelencia.

Hoy está claro que el panorama económico no pinta lo suficientemente bien como para que todo el mundo se embarque en responsabilidades tan grandes como reproducirse o comprar una casa, y a esa fuerza tan determinante se suma un lento pero contundente debilitamiento de instituciones como la familia, los colectivos políticos o la Iglesia, que antes marcaban la pauta en el modelo de adultez tradicional y vigilaban que la gente no se inclinara demasiado hacia sus intereses personales (ojo, que no soy religiosa). Ahora la industria de la autoayuda nos habla de revivir al niño interior, a la vez que abundan los blogs sobre #wanderlust y abandonarlo todo para irse por el mundo con una mochila al hombro; los millennials reniegan de las fotos de bodas y bebés en las redes sociales, mientras Hollywood rentabiliza la nostalgia con un desfile interminable de remakes, reboots, secuelas, superhéroes y cuentos de hadas. Todo este guacho se resume en que las capas medias urbanas parecen haberse infantilizado, casi como si hubiesen regresado a esa etapa de la vida cuando todavía la conciencia hacia los demás no está muy desarrollada y la única brújula son las propias emociones, impulsos y deseos. Aclaro que hablo de las capas medias urbanas (capas, no clase), no porque la gente del campo, de los barrios populares o de la yeyesada no disfruten también de algunos hobbies y expresiones culturales juveniles, sino porque para ellos no es algo tan determinante en sus identidades, conductas y decisiones de vida. Para efectos, nada beneficia más a un Mercado hiperactivo, productor de mercancías y nece[si]dades ilimitadas, que personas individualistas, con vínculos comunitarios casi nulos, y cuyo único compromiso es consigo mismos, obedeciendo a una aparente potencialidad infinita de explorar y experimentar en busca de la felicidad.

A propósito de eso, hace poco se viralizó un video motivacional sobre tener paciencia con uno mismo, que cada quién va a su propio ritmo y que no te preocupes si tienes equis edad y no has logrado tal o cuál cosa. Claro, lógicamente todos somos diferentes y no tenemos que encajar en un solo molde, pero es mentira que todo el mundo puede tomarse el tiempo que quiera para jugar al ensayo y error a ver qué pasa; sólo pueden hacerlo quienes cuentan con el apoyo financiero de papá y mamá. También con la reciente —y ya expirada— moda de Pokemon Go, circuló bastante un meme que decía algo como “el hecho de que tu niño interior esté muerto, no significa que debas destruir el de otras personas con tu complejo de madurez”. Aunque sea un pensamiento ingenuo, lo comprendo, sobre todo porque me reconozco en algunas de las cosas que yo misma acabo de criticar: también estoy cerca de los 30 y mantengo algunos hábitos de consumo y hobbies de mi niñez, sigo jugando videojuegos, aún me gustan las cómicas y soy fanática incurable de Harry Potter, pero es que nadie está diciendo que hay que desechar la curiosidad, la creatividad y la ilusión de cuando éramos niños y el mundo nos parecía más bonito; es que nos demos cuenta de que el extremo presentismo, la relativización absoluta y el “todo vale” de la filosofía posmodernilla forever young no son simples elecciones personales a las que aplicar el “vive y deja vivir”. Como decía antes, nada en la cultura pasa al azar, y ni siquiera los gustos, por muy privados e individuales que parezcan, escapan de estar mediados por las dinámicas económicas, sociales, y culturales que mueven al mundo (en especial las económicas, que moldean a las demás). En este caso lo jodido es que esa prolongación indefinida de la adolescencia no sólo nos mantiene en una especie de limbo hedonista en el que postergamos los riesgos y las responsabilidades; también profundiza la crisis individualista en que nos ha sumido este sistema.

Con todo esto pensarán que estoy poseída por una doña, pero a menos que nada nos importe, no está de más pararnos a pensar de vez en cuando sobre qué significan cosas tan triviales como ponerse un calzoncillo de Batman, en especial porque alimentar al niño interior no tiene por qué ser un síntoma de inmadurez si entendemos que estar en esta Tierra no se trata sólo de uno mismo.

Originalmente publicado en la revista SML #4, noviembre de 2016.

 

Agua de panty

Todos hemos tenido algún encuentro cercano con el típico caso del bonachón controlado por su novia o esposa. “Lo tienen roboteado”. “Le dieron agua de panty”. ¿Que un hombre sea el del carácter tranquilo en una relación? Pánfilo. Congo. Manzanillo. Así de simple: si un hombre relax anda con una mujer de carácter fuerte, enseguida se asume que es víctima de una “cabrona”, palabrita tan de moda en algunos libruchos de autoayuda.

Yo más que nadie conozco de primera mano este fenómeno. Soy hablantina, impetuosa y a veces un poco cáustica, todo lo contrario de los hombres con los que he tenido una relación seria hasta el momento. Llámenle equilibrio, complemento, yin y yang o lo que sea, pero a los animales humanos nos va mejor cuando nos juntamos con personalidades distintas a la nuestra. El problema es que nos hemos tragado enterito el cuento de que los hombres son de Marte y las mujeres son de Venus, mientras que John Gray, gran impulsor de esta mitología, está cagado de la risa en su mansión viendo cómo nos rompemos la cabeza jugando a los equipos con conductas aprendidas que se nos venden como naturales. Irónicamente, hasta cierto punto se aplaude que una mujer tenga temple, pero si él es sensible, comparte las labores del hogar, la ayuda a organizar el baby shower de la amiga y le pasea al perro cuando ella no está, es un pendejo. Dicho de otro modo, por su propio bien es mejor que sus amigos nunca lo agarren en el pasillo de los kotex, porque lo que le viene bajando a él es un buen reviente. En cambio, casi nunca escuchamos que a una mujer “la tienen roboteada” o que “le dieron agua de calzoncillo”. Claro, la novia o esposa sosegada no es objeto de burla porque después de todo, una mujer bien tranquilita es lo deseable, lo correcto, lo esperable.

En mi caso, las indirectas sobre mis novios zen han venido de conocidos, de familiares metiches y hasta de vecinos chistositos, porque parece que la sensibilidad, la solidaridad, el compañerismo y la paciencia hacen que un hombre sobrepase la sagrada —e imaginaria— línea que divide la masculinidad de la emasculación. No digo que no haya pendejos de verdad; lo que me saca la piedra es que en estos casos se asuma que son todos y que sus parejas son unas sádicas. Y eso es lo que muchos de esos hombres introvertidos y bonachones, mal juzgados por ser felizmente pragmáticos, entienden muy bien: que no hay nada de malo en intercambiar un poco de calma y equilibrio por un poco de brío, y que a lo íntimo saben bien cómo plantarse con fuerza cuando lo amerita. ¿O cómo creen que funcionan las relaciones no heterosexuales?

Dejemos de hacernos tantas expectativas de la gente por el órgano reproductor que llevan entre las piernas, que ya estamos grandecitos para cuentos de Caperucitas sumisas y lobos feroces que viven en macholandia, donde sólo ellos llevan la batuta. Detrás de un hombre tranquilo, no siempre hay una mujer dándole agua de panty.

Originalmente publicado en la revista SML #1, marzo de 2016.
Un año después, la autora se casó con un hombre torbellino y planea escribir sobre esta experiencia pronto.

Cultura copy/paste

Si vives en Panamá, habrás notado que de 3 a 5 años para acá, la oferta cultural de la ciudad ha crecido notablemente. Ahora si quieres salir el fin de semana (o incluso entre semana), quizás te toque organizarte entre mercaditos pop-up, tiendas de comida orgánica, patios de food trucks, muestras de cine indie, festivales musicales, exposiciones de todo tipo y talleres de lo que se te ocurra. Queda claro que el ocio y el consumo se han diversificado en algunos sectores de la ciudad, con un predominio de lo alternativo, la estética de lo artesanal y un discurso visual indiscutiblemente hipster.

Está claro que algo está pasando, pero aunque lo aparente, la “primavera cultural” de la que hablo no se acerca ni un poco a ser un proceso de desarrollo y transformación social. Más bien la fiebre del emprendedurismo y la moda de la economía naranja han empaquetado y sabido vender la idea de que el desarrollo cultural y económico del país (de cualquier país) dependen de la creatividad, la innovación y el empuje de la “clase creativa”, como la llama Richard Florida. Es en sí misma una ideología de raíces neoliberales que se nutre de la desigualdad, la desconfianza en las instituciones, el neohippismo gringo y las historias de éxito de Silicon Valley con sus CEOs que cambian el mundo a punta de garabatos en una servilleta. Es un nuevo dogma con sus propias figuras evangelizadoras que pregonan la buena nueva: que los emprendedores son los héroes de la economía, los mejores hijos de la patria que con su infinita capacidad creativa están llamados a resolver los problemas sociales, como una suerte de Estado alternativo que opera en la periferia del statu quo.

Además de centrarse en la ciudad y sólo en sectores muy particulares, este supuesto despertar cultural es esencialmente exclusivo: la gente joven del barrio de San Felipe no parquea en los lugares de moda del Casco por más que vivan al lado, y tampoco vemos a la gente de El Chorrillo o El Marañón en una muestra de cine alternativo en algún espacio cool de la localidad. Lo mismo ocurre con el emprendedurismo: es una cuestión de clases que se revela hasta en el propio lenguaje, porque la Generación Y del campo o del gueto no habla de startups, coworking, crowdfunding y toda la jerga de los millennials emprendedores del centro de la ciudad. Parece una obviedad porque erróneamente se supone que la gente de sectores populares es inculta, no tiene sensibilidad social ni estética y mucho menos interés en este tipo de actividades, pero en realidad lo que describo es el producto de una desigualdad tan profunda que casi se ha hecho invisible entre tanto nihilismo pop. Es la misma que tiene a gran parte de la población tan convencida de que la pobreza es una elección de los que no se esforzaron lo suficiente porque les faltó “espíritu emprendedor”.

Esta desigualdad también está en los emprendimientos que se basan en la estetización y el vaciado de expresiones culturales minoritarias que de otro modo ni voltearíamos a ver. Es un oportunismo que mantiene invisible al verdadero artesano mientras un pequeño-burgués, con su visión romántica y paternalista, toma crédito del trabajo ajeno refinándolo, poniéndole un logo bonito y un precio de boutique neoyorquina. Lo irónico es que esta gente cree reivindicar a las culturas indígenas y campesinas, mientras siguen pensando que sus economías y formas de vida son arcaicas o atrasadas. En otras palabras, se aprovecha la rica dimensión estética de las culturas no hegemónicas y se desecha todo lo que atente contra la visión de progreso lineal que se mantiene en Occidente desde la Revolución Industrial.

Sin duda es positivo y necesario que se desarrollen las artes, la creatividad y los pequeños emprendimientos. También está bien poder ir a un festival y comerse un emparedado de seitán en pan vegano artesanal al ritmo de una banda indie, pero hay que ser conscientes de que toda esta nueva oferta cultural y la moda del emprendedurismo están (la mayoría de las veces) ligados al poder adquisitivo y que, lejos de producir un verdadero impacto, se limitan a la reproducción de discursos y estéticas dominantes para que las capas medias y altas se sientan ambientadas en alguna gran capital.

Aparte de reproducir las desigualdades generadas por un sistema insostenible, el mayor problema de esta cultura de copiar y pegar es que da la ilusión de que no tenemos nada que envidiar a X o Y país del dizque primer mundo, sin darnos cuenta de que la actividad cultural de estos países tiene una función de “mantenimiento” de un desarrollo que ocurrió hace cientos de años por múltiples factores sociales, políticos, económicos y culturales, así que imitarla 1000 veces no nos traerá el mismo resultado sin que antes pasemos por nuestros propios procesos que además serán largos, complejos y traumáticos. De hecho, este copy/paste compulsivo es en parte un resultado del crecimiento económico amorfo y sin sentido (en tanto mal distribuido) que ha tenido Panamá en los últimos 12 años, pero además se alimenta de una profunda desconfianza en el Estado. Lo peligroso es que esta desconfianza produce sujetos individualistas y despolitizados, a quienes la lógica de mercado hace creer que los procesos de desarrollo corren por cuenta de una élite creativa frente a un poder público percibido como naturalmente ineficiente.

Lo que intento decir no es que un festival indie o una nueva aplicación móvil no valgan para nada, o que mejorar la calidad del entretenimiento cultural sea una iniciativa estéril. Mi punto es que ninguna innovación tendrá verdadera trascendencia sin un sentido de comunidad por encima de la rentabilización por deporte o de beneficiar a los que creamos más parecidos a “nosotros”. Mucho menos si no se proyecta con un alcance político que ataque a la desigualdad sin mirar a la cultura como una mercancía más en la interminable búsqueda de distinción en el autodiseño. Por su naturaleza de corto alcance, un evento alternativo/cultureta o una idea cool jamás sustituirán al Estado ni a las políticas públicas, pero sí pueden presionarlas o impulsarlas si la creatividad y la innovación se ponen al servicio de la sociedad como conjunto. Me refiero a que miremos por encima de las alucinaciones de gurús y pseudobohemios que reproducen el mito de las economías verdes, naranjas, púrpuras o tornasol, y comencemos a explorar las alternativas de la Economía Solidaria en el campo de la gestión cultural y el emprendimiento.

Originalmente publicado en la revista SML, # 3, julio 2016.

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De máscaras y cascarones

Admítelo: vas por la calle asumiendo cosas sobre la gente a diestra y siniestra. Exagero un poco, pero es un hecho que nuestro cerebro se vale de los estereotipos como salida fácil cuando quiere entender de un cuerazo lo que se le va presentando. Si te topas con alguien que va todo de negro, tatuado, con el pelo morado, botas Dr. Martens y una camiseta de Rammstein, te puedes hacer una idea de sus gustos, sus hobbies y –si eres creepy como yo– hasta te puedes imaginar dónde parquea o a qué se dedica. Pero no es tan malo como parece. Sabemos de sobra que los animales humanos nos inventamos cosas sobre los demás sin conocerlos, y para bien o para mal, lo hacemos a partir de los estereotipos, pequeños trozos de información megasimplificada que aprendemos a través de terceros y que la publicidad, el cine o la TV se encargan de martillar. Así conseguimos una especie de pantallazo sobre ciertos grupos de personas, y el resto es salir a la calle a divertirse señalando a todo el mundo mentalmente.

Queda más que claro que los estereotipos y los prejuicios pueden ser dañinos, pero aun siendo conscientes de ello, nadie se escapa de hacer juicios a priori. Es más, nunca confíes en alguien que se pavonee de no hacer conjeturas sobre otras personas sin conocerlas porque, o está mintiendo, o necesita trabajar en sus habilidades para una de las partes más divertidas en la comunicación humana: la no verbal, esa que rumias en silencio cuando juegas a decodificar al otro. Lo interesante es que puedes acertar muchas veces, pero tu perspectiva puede cambiar cuando te das cuenta de que no estabas ni cerca; cuando conoces a un gay sin sentido de la moda, a una mujer insensible o a un hombre heterosexual que tripea la repostería. Y algo menos usual ocurre cuando te toca estar en el banquillo de los acusados.

Personalmente, ya he perdido la cuenta de las veces en que alguien me ha confesado: “¡yo pensé que eras lesbiana!”. La primera vez fue cuando tenía 13 años y un profesor de Religión me preguntó si me gustaban las niñas. Más tarde me pasó una que otra vez en la universidad y en el trabajo, pero justo cuando empezaba a convencerme de que era por la mentalidad conservadora de la gente en Panamá, también me pasó estando afuera. Acepto que algo de eso me incomodaba, pero no era que me ofendiera ni mucho menos; más bien me confundía al darme cuenta de que no reflejaba lo que yo creía (o quería). Ya sé que puede sonar ingenuo de mi parte porque siempre he sido completamente consciente de mi feminidad ordinaria y áspera, pero no me imaginaba que un bonche de extraños se cuestionaran mi sexualidad. Y no es que haya descubierto el agua tibia con esto de que las percepciones tienen sus desfases, pero una cosa es saber que están ahí y otra muy distinta es chocar contra ellos a cada rato. Es similar a cuando ves una foto tuya en la que no te reconoces, o cuando escuchas tus propios voice notes y el ego te pregunta de quién es esa voz tan en panga.

Superados el pasmo y la extrañeza, me di cuenta de que la gente se obsesiona con decir “no me juzgues”, “no me etiquetes” y una larga lista de mantras pseudorrebeldes que comprendo perfectamente porque nadie quiere que lo reduzcan a una caricatura, pero en parte es que también estamos obsesionados con lo supuestamente auténtico. En un mundo donde las certezas son muy pocas, buscamos tener la mayor seguridad acerca de la mayor cantidad de cosas, en especial de quiénes somos y quiénes son “en realidad” los que tenemos al lado. Lo que se nos olvida cada tanto es que todo lo que usamos, vestimos y consumimos es parte de nuestro relato personal, de cómo nos narramos ante los demás y, nos guste o no, es un cascarón con su propio lenguaje y semiótica. Con él intentamos hacer visible lo que de otra forma permanecería invisible; es nuestro modo de personificamos a nosotros mismos, y lo irónico es que sigamos esperando escapar de las etiquetas o volvernos inclasificables cuando todo lo que supuestamente nos representa en el plano visual ha sido fabricado en algún lado.

Para mí todo este embrollo de las percepciones y los simulacros es más sencillo desde que me reconcilié con la idea de que estamos en un baile de máscaras donde no hay miradas certeras, y que lo mejor es no empelicularse demasiado porque nadie está por encima de las clasificaciones ni del incómodo entramado taxonómico que tejen. Es obvio que aquí me ciño al contexto de las modas, de los estilos y de los prejuicios light, porque de los más dañinos necesita decirse (y se ha dicho) bastante más. En cualquier caso, la identidad –el ser alguien– pesa y cansa, pero eso ya no me roba la calma; más bien concuerdo con Terry Eagleton: «sólo hay una cosa peor que la identidad y es no tener ninguna».  Después de todo, tu autoimagen jamás se parecerá a la idea que los demás tengan de ti.


Originalmente publicado en la revista SML, # 2, abril 2016.

La melancolía desde Walter Benjamin y Lars Von Trier

La melancolía es habitar el presente con el corazón en el pasado. Es, como diría Marshall McLuhan, «entrar en el futuro retrocediendo»; un estado de inconformidad triste, de no sentirnos tranquilos porque existe siempre una añoranza de lo que hubiéramos querido que sucediera, pero, debido a las circunstancias o a nuestras propias decisiones, no pudo ser. Es una amargura exacerbada por el deseo de cambiar el pasado, una incapacidad de resignación. Pero además de todo esto, representa una especie de energía potencial, un catalizador capaz de propulsarnos cuando ese insoportable estado de añoranza inconforme alcanza nuestros límites y nos lleva a la acción, pues en el interior del propio sentimiento de inconformidad, se encuentra también nuestra posibilidad de aprendizaje, acción y cambio. La melancolía es una manera de autocontemplación, una herramienta para la reflexión, el autoconocimiento y, en muchas ocasiones, necesaria para la producción artística. Es a través de ella como somos capaces de hacer un balance sobre nuestras experiencias pasadas para influir en las futuras, de la misma manera como el “ángel de la historia” del que nos habla Benjamin en su Tesis sobre filosofía de la historia, mira hacia atrás para dar sentido a su entorno. Entonces, es aquí donde descansa la utilidad de la melancolía y de avanzar con pasos impregnados de pasado: se trata de volverla en nuestro favor al entenderla como un mecanismo de supervivencia, un agente motivador en el contexto de la fortaleza mental de cada individuo.

Es probable que Walter Benjamin escribiera desde la melancolía en un periodo ensombrecido por las guerras mundiales, colmado de cambios culturales que lo dotaron con una sensibilidad ante las transiciones que pudo presenciar mientras vivió. Esta sensibilidad parece haberle permitido descubrir algunos aspectos positivos mientras el mundo que conocía se transformaba ante sus ojos: el hecho de no considerar a la barbarie (producida por la pobreza de experiencia) como algo completamente negativo, sino como algo que más bien nos permitiría comenzar de cero. Dentro de cada uno de nosotros, esta barbarie, que no proviene de la ignorancia, es la melancolía: quedar desprovistos de esperanza para volver a construir desde la destrucción.

Sin detenernos a pensar demasiado en las intenciones de Lars Von Trier, en Melancolía nos encontramos ante una posible crítica de la modernidad, de todo lo que somos en la actualidad en una época marcada por el nihilismo. Este nihilismo es observable en Justine de dos maneras: activa durante la primera parte, cuando por medio de sus acciones cuestiona los valores, el matrimonio, el trabajo, la familia, y luego de forma pasiva en la segunda, cuando acepta que todo pierde sentido ante el fin del mundo, si es que en algún momento tuvo sentido. En esta historia se avecina la destrucción de la Tierra por la aproximación de otro planeta llamado Melancolía (desmesuradamente más grande que el nuestro), algo que podría interpretarse como una alegoría de todo lo que destruye la experiencia, o la manera en que lo nuevo se impone frente a lo pasado inevitablemente.

La crítica de la modernidad también parece hacerse presente cuando Justine se refugia en una de las habitaciones de la mansión donde se está celebrando su boda: parece frustrada ante las imágenes geométricas del arte contemporáneo que muestran los libros exhibidos, y reemplaza todas las páginas por otras que muestran imágenes de pinturas clásicas, tal vez en un intento desesperado por sentirse rodeada de elementos que le hablen, que de alguna forma le cuenten algo. En este momento parece ser más consciente del pasado, aun si no es el propio, pero ¿es posible la añoranza o la melancolía ante experiencias no vividas, que más bien son producidas por nuestra imaginación o por las narraciones de otros individuos, en las que a ratos nos vemos reflejados como en un espejo? ¿Es tan poderosa la imaginación al punto en que es capaz de hacernos sentir que hemos vivido algo, hasta hacernos añorarlo como si hubiese sido nuestro? Probablemente.

Pero algo que queda claro es que las hermanas son completamente opuestas. Justine parece tener una relación extrañamente cercana con la naturaleza, algo notorio durante la escena del prólogo en que unos rayos azules emanan de sus dedos; igualmente, cuando sale de la mansión en medio de la noche para tumbarse a la orilla del río completamente desnuda para contemplar a Melancolía —como si coqueteara con él—, y cuando le dice a su hermana que “sabe cosas”, pero ¿dónde está la utilidad de este conocimiento? Claire es más terrenal, una representación de la burguesía que se cimienta sobre la certeza de las cosas materiales, cosas cuya importancia se desvanece gradualmente con el avance del planeta Melancolía. Claire está casada con un hombre millonario que personifica la racionalidad de la ciencia, el conocimiento objetivo que amenaza a las experiencias en el sentido benjaminiano. Ambas hermanas interpelan al espectador con sus propias maneras de estar en el mundo: Justine, con su aparente comprensión de que desperdiciamos nuestra existencia con rituales y actividades triviales, y de que la muerte es un “otro” que no está presente al mismo tiempo que nosotros; Claire, con el pánico que la invade al darse cuenta de que todo lo material en torno a lo cual construía su realidad, no era más que una manera de evitar hacerle frente al dolor de una existencia «pobre en experiencia».

En Melancolía, Todo aquello que parece impulsarnos, el progreso tecnológico y científico, está representado por John, pero resulta inquietante que, precisamente aquello que nos hace avanzar (o que nos da una sensación de progreso), es justo lo primero que perdería sentido ante la cercanía del exterminio: John es el único que, al darse cuenta de lo que está por suceder, desaparece en el momento exacto en que la especie humana pierde todo a lo que podría aferrarse, y a lo que él se aferraba.

Por otro lado, toda la película parece haber sido rodada en la misma locación: una mansión campestre y sus alrededores, donde los personajes principales se ven confinados, casi atrapados. En el primer capítulo de la historia, Justine es incapaz de cruzar un puente cercano a la mansión, mientras que en el segundo, cuando el fin se acerca, es Claire quien no logra cruzarlo. El puente “incruzable” es un indicio de que no pueden escapar de lo que está por ocurrirles, pero es probable que además sea ese querer volver al pasado donde solía haber tranquilidad, a una dimensión de lo remediable que les está vedada. De esta manera, no se encuentran ante la única alternativa de hacer frente al presente y a la realidad de que no existe redención o futuro, una condición que nos colocaría a todos en el más puro estado de igualdad.

En el contexto de nuestra contemporaneidad, los conceptos que ofrece Benjamin en Experiencia y pobreza, El narrador y Tesis sobre filosofía de la historia, pueden ser extrapolados a lo que sucede en nuestra época con el advenimiento de los medios masivos de comunicación y las tecnologías digitales, donde encontramos nuevas formas de experimentar el mundo y de contar nuestras experiencias, que a su vez se han visto completamente transformadas. Para Benjamin, las cosas de cristal carecen de “aura”, y en la actualidad miramos el mundo (y también nos miramos los unos a los otros) a través de los cristales de nuestras pantallas, donde lo privado se hace público y existe un disfrute en esta transformación.

Al mismo tiempo nos hemos vuelto dependientes del estímulo constante de las experiencias de todo tipo. Es cierto que predomina la información, pero también se recupera (en cierta forma) la narración, en formas digitales que construyen una conversación constante, capaz de envolvernos en una experiencia colectiva en cualquier momento y lugar.

La red es un espacio donde casi somos capaces de contemplar las tres temporalidades a la vez, pero también se combinan historias de todo tipo. Por ejemplo, nuestro timeline de Twitter nos muestra un apilamiento de pensamientos personales, noticias horrendas y otras agradables, debates, espectáculo, microcuentos, denuncias, experiencias cotidianas, promoción de ideologías políticas y estilos de vida, moda… un vistazo al completo espectro emocional y experiencial humano.

Se dice que en la actualidad nos encontramos en un estado de alienación, y quizás sea cierto en virtud de que conocemos más, pero no necesariamente experimentamos más. Nuestras experiencias en relación con el mundo ocurren de una manera vicaria, diluida, y aunque en el pasado (cuando no existían las tecnologías que hoy conocemos) era imposible saber tanto sobre el mundo, hoy más que nunca resuenan las palabras de Benjamin acerca de la objetivación del conocimiento. Y es quizás esta la razón por la que nuestro mundo está cada vez más impulsado por la creatividad y la tan “romantizada” innovación, porque verdaderamente hemos empezado de cero.

Trabajo académico realizado durante la maestría en Teoría y Crítica de la Cultura, Universidad Carlos III de Madrid, 2014-2015.