La cantaleta de la educación

“La educación viene de casa”. Ese mantra que tanta gente repite sin parar, como si todas las casas fuesen hogares. Como si todos los padres fuesen amorosos y responsables, o como si aquellos que sí lo son, pudiesen controlar el mundo más allá de la burbuja que intentan construir para ellos mismos y su familia. Como si los medios de (des)información, la publicidad, el machismo, la pobreza, la desigualdad y la propia cultura (que también es la suma de todo lo anterior) no tuviesen una dimensión educativa que construye a cada sujeto más allá de las paredes de su casa. Como si nos volviésemos inmunes a todo eso “si nos portamos bien”.

Luego de las dizque amenazas a la primera dama, muchos se preguntan qué culpa tienen ella o el presidente. A la gente le da vergüenza culpar al Estado, a un presidente, a un sistema, a una potencia abusiva o a cualquier factor externo porque andan metidos en su fantasía nietzscheana y no quieren ser percibidos como débiles, conspiranoicos o irresponsables. Pero la violencia es un fenómeno social, no individual, así que las decisiones políticas tienen todo que ver. El presidente es culpable (aunque no el único) junto con todos los que se han sentado antes a calentar esa silla mientras se embolsillan la plata del pueblo, profundizando esa desigualdad que genera la violencia a la que tememos. Mientras tanto, ellos viven tranquilos en sus barrios amurallados, con sus cámaras, garitas, alarmas y guachimanes.

Pero son culpables también los medios que legitiman y reproducen el machismo y los modelos de masculinidad agresiva y brutal. ¿Alguna vez se han preguntado por qué las niñas y mujeres no andan de matonas o gatilleras? Aunque a muchos les arda, estadísticamente son los hombres quienes cometen la mayoría de los actos de violencia en el mundo, pero no es porque nazcan así o porque tener pene los haga naturalmente violentos, sino porque así lo aprenden, y no necesariamente en casa. Si la buena educación en casa tuviese algo que ver, no habría tantos padres y madres que lloran a un hijo chacal aun habiendo hecho todo lo posible por sacarlo adelante. Repiten y repiten que la educación es la respuesta a todo, pero los que más roban y matan (sin necesidad de halar un gatillo), vienen de “buenas familias” y han tenido acceso a “educación de excelencia” en las mejores universidades extranjeras. ¿De qué vale la educación si sólo sirve para reproducir un sistema de mierda?

La ideología individualista (que no salió de la nada ni opera sola) no sólo hace que nos importen un comino los demás; también nos hace creer que “si yo cambio, todo cambia”. Pero lo que cada uno enseñe a sus hijos en casa seguirá dando perfectamente igual mientras no exista un proyecto de país opuesto al que hay ahora, ni políticas públicas adecuadas para prevenir y atender la problemática de la violencia. Y eso no pasará mientras el pueblo no se organice para luchar; mientras siga soñando que no tiene nada que exigir al Estado, y mientras sigamos creyendo que basta con ser buenos ciudadanos y buenos padres para remediar este verguero que tenemos.

Publicado en Facebook el 18 de abril de 2017.

¿Existe la ideología de género?

No está muy claro de dónde sacaron esta idea, pero los fundamentalistas y fanáticos religiosos aseguran que en las guías del MEDUCA para la educación integral en sexualidad, se habla de enseñar a los niños que pueden elegir su género. Mientras tanto, el proyecto ha sido archivado una vez más, así que por tiempo indefinido continuarán los embarazos precoces, los contagios de infecciones y enfermedades de transmisión sexual, y toda esta cadena desastrosa que como sabemos, constituye un problema de salud pública que nos afecta a todos como país, pero aún más a la población marginada. De una manera u otra, mucha gente sigue pensando que la educación viene y debe venir únicamente de casa, como si todos los cuidadores (que no son siempre los padres) tuviesen una formación adecuada para hablar con los niños y jóvenes sobre sexualidad, o como si no fuese cierto que la propia cultura permea las vidas y el comportamiento de cada individuo más allá de la burbuja de su casa. Aun así, esta vez quiero concentrarme en un aspecto del debate que hasta el momento no se ha problematizado del todo: ¿qué es eso de “ideología de género”? ¿Realmente existe o es otro invento de los fundamentalistas para impulsar su agenda oscurantista? La mayoría de la gente que apoya la ley dice que la ideología de género es una mentira, pero creo que en este caso es mejor mirar con más detenimiento antes de refutar o rechazar una idea por completo. Sí, aunque sus portavoces sean fanáticos religiosos.

Por obvias razones, lo mejor es empezar con qué es ideología. Seguro que no es un concepto tan simple si filósofos, académicos e intelectuales se han roto la cabeza discutiéndolo y desarrollándolo, pero sí se puede definir de forma más o menos sencilla en el contexto que nos atañe: ideología es el conjunto de principios que dan forma a una visión del mundo en términos políticos y moldean el comportamiento de quienes se identifiquen con esa corriente de pensamiento. Partiendo de esta definición, podemos afirmar que todo el mundo tiene una ideología, por más que muchos aseguren no tenerla o se autodenominen “apolíticos”. De hecho, lo más común es que alguien que dice “ni izquierda ni derecha”, sea en realidad de derecha sin saberlo, porque el que es de izquierda sabe muy bien que lo es, pero como las ideas hegemónicas o dominantes son las de la derecha, la gente las absorbe y las asume como naturales o “neutrales”. Lo que ha pasado con el término “ideología” es que se ha asociado más comúnmente a las izquierdas; por ejemplo, desde la caída del muro de Berlín y el fin del bloque soviético, se habló del “fin de las ideologías”. Nada más alejado de la realidad, pero la frase sirvió muy bien a la propaganda de la derecha para erigirse, a partir de entonces, como la forma más “libre” y “natural” para organizar la economía y la vida en sociedad de forma “neutral”. Como decía un profe, la ideología es como el mal aliento: siempre la tiene el otro.

Pero ahora definamos género. Esta palabra se popularizó con el movimiento feminista de los años setenta, a partir de los estudios sexológicos de John Money, uno de los primeros en señalar la diferencia entre sexo biológico (pene o vagina) y rol de género (cómo aprendemos que debemos comportarnos según lo que llevamos entre las piernas). Para las feministas radicales (nombre propio de una corriente, no un sinónimo de feminazi), el género es opresivo porque establece roles concretos para hombres y para mujeres, donde los hombres son dominantes y las mujeres son subordinadas, y es ahí donde se fundamenta la violencia contra ellas. Pero más adelante, a inicios de los noventa, resurge fortalecida otra corriente del movimiento feminista, llamada la tercera ola, posmoderna o liberal (por su relación con el liberalismo económico post-Ilustración). Entre sus figuras más importantes, quizás la más conocida es Judith Butler, precursora de la teoría queer, que sostiene que la opresión está en que sólo existan dos géneros, en vez de una multiplicidad cónsona con la diversidad del ser humano. Resaltemos esta diferencia: radicales = el género es opresivo porque uno domina sobre el otro; liberales = el género es opresivo por su binarismo, o sea, porque la sociedad sólo admite dos. Entonces, desde que se popularizara la teoría queer, los antes llamados womens’s studies sufrieron una especie de rebranding y se convirtieron en gender studies. A lo corto, cuando la categoría “género” reemplaza a la de “mujeres”, el movimiento se vuelve queer y comienza a incluir a los trans, intersexuales, discapacitados, gordas y gordos, viejos y viejas, unicornios y unicornias. Ahora estarían incluidas las causas de todos los oprimidos, parias y outsiders, aun cuando eso significara desplazar a la mujer como sujeto de la emancipación.

Básicamente, el feminismo liberal defiende que si te sientes una empanada, tienes derecho a que el resto del mundo te reconozca como tal, porque sino es violencia y tú tienes una fobia. Es la misma corriente que defiende el disparate de la prostitución y la autocosificación de las mujeres como formas de empoderamiento; el mismo que considera a Beyoncè un ícono feminista y a las políticas identitarias su estandarte principal. Es el mismo feminismo que en Estados Unidos dice identificarse con la izquierda, pero perdió el tiempo peleando por #freethenipple, las fotos de la regla en Instagram y por que existan baños públicos “neutrales”, mientras Trump ganaba las elecciones con propuestas que, bien que mal, sí resonaron con la gente que vio sus condiciones de vida desmejoradas por la crisis de 2008 y los TLC. Ese es el feminismo liberal, al que los fundamentalistas llaman “feminismo de género”, y sorprendentemente no se equivocan. Y por desgracia es la corriente más popular: es el feminismo de Tumblr y el de las estrellas de Hollywood; el que defiende la libertad invidivual por encima de la libertad colectiva, porque si una prostituta es feliz siéndolo, que sufran todas las demás que son violentadas por ese oficio, o si alguien es feliz diciendo que se “siente mujer”, todos estamos obligados a reconocerlo como tal, no importa que haya sido socializado como un hombre y vivido con todos los privilegios que eso conlleva. Es la misma corriente que habla de pansexuales, ubersexuales, cosmosexuales, lumbersexuales y demás ñamesuras en lugar de decir bisexual y punto.

Entonces, hablar de una ideología de género es hablar de un conjunto de valores, ideas y principios orientados por la convicción moral y política de que el binarismo de género es lo que nos oprime. No es la explotación laboral. No es la violencia estructural de la desigualdad producida por el sistema capitalista. Es que haya gente que no sea aceptada si “siente” que está atrapada en el cuerpo equivocado. La ideología de género es la misma que impulsa el lobby trans en series de TV, el cine y los cómics; la que ha puesto de moda esta etiqueta entre los adolescentes sin cuestionar las consecuencias de una transición en un cuerpo que no ha terminado de desarrollarse, o en la mente de alguien que no ha ni terminado de descubrir quién es (ni hablar de los casos de arrepentimientos post-transición).

En lo que se equivocan los fundamentalistas (aparte de todo), es en usar el término “ideología de género” como sinónimo de feminismo, pero eso no quiere decir que no exista. Como feminista que reivindica la corriente radical, yo sí reconozco la existencia de una ideología de género, y aunque no la vea por ningún lado en el proyecto de ley 61 (el cual apoyo porque pienso que es completamente necesario), sí comprendo la preocupación de padres y madres que han sido vilmente desinformados por sus líderes religiosos, pero tampoco me resulta extraño considerando que la teoría queer ha cobrado tanta fuerza, que hasta la propia ONU, orientadora de las guías sobre SSyR y gran impulsora del feminismo liberal, la incorpora en su discurso.

Si hemos perdido la oportunidad de aprobar una ley tan necesaria, ha sido (en parte) porque la predominancia de las políticas identitarias en el discurso contrahegemónico está saboteando los movimientos sociales, pero estamos acostumbrados a criticar los dogmas de los demás, sin darnos cuenta de que en el bando de los que nos creemos más racionales, también hay dogmas que no nos molestamos en cuestionar por temor a que se tambaleen nuestras propias narrativas. El feminismo radical no apoya la violencia que sufren quienes se identifican como trans y tampoco niega sus batallas, pero sí problematiza la llamada identidad de género porque, al aceptar ciegamente que alguien puede sentirse hombre, mujer, neutro o intermitente, aceptamos algo que el propio feminismo ha intentado defender desde el principio: que ser hombre o mujer no es una identidad que se puede sentir o elegir; es la diferencia sexual que tradicionalmente se ha expresado en el sometimiento de unas por otros.

Quién diría que los conservadores y las feministas radicales tendrían algo en común.


Originalmente publicado en la revista SML, # 6, enero 2017.