Políticas del pornocliché

Lo digo sin pena: no me van para nada los juguetes sexuales ni las extravaganzas eróticas. No soy religiosa ni puritana; mucho menos conservadora. Tampoco creo que los dildos, el bondage o los disfraces tengan algo de malo en sí mismos, pero tampoco creo que tengan que ver con el empoderamiento de las mujeres ni con una buena salud sexual. Parece una obviedad que todo tiene su gente y que a cada uno le gusta lo que le gusta, pero de cierta forma, la industria de los juguetes para adultos y el movimiento de la liberación sexual tienen una historia en común, así que no es casualidad que para mucha gente —incluso para cierto tipo de feministas—, el sexo orgánico y sin gluten sea una señal de mojigatería santurrona. En esa línea hay quienes piensan que las prácticas no tradicionales son empoderadoras, y por ahí mismo la depilación láser, el baile de tubo como deporte, subir selfies medio en bolas o recibir una calurosa lluvia dorada. Es que ahora se supone que cualquier cosa que elija una mujer es celebrable sólo por el hecho de haberlo elegido ella misma, pero en general el tema del empoderamiento se ha salido de control por la sencilla razón de que ya la palabra puede significar cualquier cosa, a tal punto que ya no significa nada.

Ajá, la revolución sexual nos permitió separar el sexo del compromiso, las mujeres reclamamos nuestra intimidad con la exploración individual de nuestro propio placer y un etcétera medio largo, pero no nos hagamos los locos con las trampas y contradicciones que han surgido con el ingrediente de la posmodernidad. Mi ejemplo favorito es la completa distorsión de una frase clave en el movimiento feminista: “lo personal es político”. Lo que fuese un poderoso mantra para hacer a las mujeres entender que sus experiencias más íntimas de opresión eran parte de una estructura de poder mucho mayor, terminó deformándose en la tercera ola del movimiento (a finales de los 80 hasta hoy), cuando las posmodernas empezaron a reinterpretar estas palabras para argumentar que las prácticas y decisiones diarias individuales, como rasurarse o no, maquillarse o no, usar tacones o no, y en este caso, la forma en la que tengas sexo, tienen un impacto colectivo en términos políticos. De ahí que para algunas el empoderamiento tenga todo que ver con la calidad, la cantidad y la variedad de las relaciones sexuales que cada una tenga, pero yo me mantengo en que lo individual no supera nunca a lo colectivo, porque el empoderamiento no tiene nada que ver con cómo te sientas, sobre todo cuando ese sentir está ligado al consumo y a la complacencia de la identidad (“me compro este vibrador, esta lencería o este lápiz labial para sentirme empoderada”). Está perfecto sentirse bien con uno mismo e incluso desafiar lo establecido, pero nada de eso te hace ser menos desigual en la sociedad, ni ayuda a otros/as a dejar de serlo.

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El empoderamiento no es una mercancía.

Como decía al principio, a cada uno le gusta lo que le gusta, pero por amor a algo, detengámonos un momento a pensar por qué de un tiempo para acá se supone que tenemos que seguir un montón de mandatos y consumir equis productos para sentir que llevamos una sexualidad plena y sana. ¿Por qué tenemos que sucumbir a la autoayuda sexual escuchando a la sexóloga in, comprando el último vibrador con cámara y despertador, y si somos feministas, necesariamente tragarnos el manifiesto ecosexual, el bullshit del postporno o el último invento progre? No me incumbe en absoluto la vida íntima del que quiera hacer todo eso si lo hace feliz, pero entre tanto pornocliché, tengo la sensación de que lo “tradicional” empieza a moverse hacia la alteridad. En el caso de las mujeres es peor, porque jurando que por seguir el guión somos más libres, volvemos a la sujeción con tanto dictamen de ese capitalismo emocional que nos dice que el placer también conlleva trabajo y esfuerzo, como aprender a ser sexy y cumplir con los estereotipos del imaginario pornográfico masculino; en otras palabras, ser unas “freaks” que prueban y hacen “de todo”.

Con la hipersexualización de la cultura y los incansables esfuerzos por encontrar la novedad constante, sospecho que una de las tantas razones por las que hoy las parejas duran menos es porque han interiorizado el mensaje de que el sexo no sólo es primordial, sino que debe ser acrobático, maratónico y pornográfico. Bajo esa lógica, la gente paniquea y sale huyendo a la primera señal de la temidísima rutina, pero ¿acaso esas parejas de abuelitos que llevan 50 años tuvieron que recurrir a una sarta de aparatos y artilugios para mantener viva la relación? Más bien creo que eran épocas menos egoístas y más solidarias, donde lo que se desgastaba se reparaba en lugar de mandarlo directo al tacho de basura. También es cierto que intervienen más factores y que muchas de esas parejas duraron porque las abuelitas se aguantaron más de 4 sinvergüenzuras y actitudes machistas como les enseñaron, pero no deja de ser cierto que eran tiempos de menos yo-yo (para el que todavía le interese la monogamia, claro).

A veces estamos tan vacíos, o tan llenos de nosotros mismos, que buscamos la satisfacción y la felicidad en todos los lugares equivocados. En este tema, a mí déjenme con el sexo más orgánico y artesanal, como dirían los hipsters.

Publicado en la revista SML #6, marzo de 2017.

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Agua de panty

Todos hemos tenido algún encuentro cercano con el típico caso del bonachón controlado por su novia o esposa. “Lo tienen roboteado”. “Le dieron agua de panty”. ¿Que un hombre sea el del carácter tranquilo en una relación? Pánfilo. Congo. Manzanillo. Así de simple: si un hombre relax anda con una mujer de carácter fuerte, enseguida se asume que es víctima de una “cabrona”, palabrita tan de moda en algunos libruchos de autoayuda.

Yo más que nadie conozco de primera mano este fenómeno. Soy hablantina, impetuosa y a veces un poco cáustica, todo lo contrario de los hombres con los que he tenido una relación seria hasta el momento. Llámenle equilibrio, complemento, yin y yang o lo que sea, pero a los animales humanos nos va mejor cuando nos juntamos con personalidades distintas a la nuestra. El problema es que nos hemos tragado enterito el cuento de que los hombres son de Marte y las mujeres son de Venus, mientras que John Gray, gran impulsor de esta mitología, está cagado de la risa en su mansión viendo cómo nos rompemos la cabeza jugando a los equipos con conductas aprendidas que se nos venden como naturales. Irónicamente, hasta cierto punto se aplaude que una mujer tenga temple, pero si él es sensible, comparte las labores del hogar, la ayuda a organizar el baby shower de la amiga y le pasea al perro cuando ella no está, es un pendejo. Dicho de otro modo, por su propio bien es mejor que sus amigos nunca lo agarren en el pasillo de los kotex, porque lo que le viene bajando a él es un buen reviente. En cambio, casi nunca escuchamos que a una mujer “la tienen roboteada” o que “le dieron agua de calzoncillo”. Claro, la novia o esposa sosegada no es objeto de burla porque después de todo, una mujer bien tranquilita es lo deseable, lo correcto, lo esperable.

En mi caso, las indirectas sobre mis novios zen han venido de conocidos, de familiares metiches y hasta de vecinos chistositos, porque parece que la sensibilidad, la solidaridad, el compañerismo y la paciencia hacen que un hombre sobrepase la sagrada —e imaginaria— línea que divide la masculinidad de la emasculación. No digo que no haya pendejos de verdad; lo que me saca la piedra es que en estos casos se asuma que son todos y que sus parejas son unas sádicas. Y eso es lo que muchos de esos hombres introvertidos y bonachones, mal juzgados por ser felizmente pragmáticos, entienden muy bien: que no hay nada de malo en intercambiar un poco de calma y equilibrio por un poco de brío, y que a lo íntimo saben bien cómo plantarse con fuerza cuando lo amerita. ¿O cómo creen que funcionan las relaciones no heterosexuales?

Dejemos de hacernos tantas expectativas de la gente por el órgano reproductor que llevan entre las piernas, que ya estamos grandecitos para cuentos de Caperucitas sumisas y lobos feroces que viven en macholandia, donde sólo ellos llevan la batuta. Detrás de un hombre tranquilo, no siempre hay una mujer dándole agua de panty.

Originalmente publicado en la revista SML #1, marzo de 2016.
Un año después, la autora se casó con un hombre torbellino y planea escribir sobre esta experiencia pronto.

¿Existe la ideología de género?

No está muy claro de dónde sacaron esta idea, pero los fundamentalistas y fanáticos religiosos aseguran que en las guías del MEDUCA para la educación integral en sexualidad, se habla de enseñar a los niños que pueden elegir su género. Mientras tanto, el proyecto ha sido archivado una vez más, así que por tiempo indefinido continuarán los embarazos precoces, los contagios de infecciones y enfermedades de transmisión sexual, y toda esta cadena desastrosa que como sabemos, constituye un problema de salud pública que nos afecta a todos como país, pero aún más a la población marginada. De una manera u otra, mucha gente sigue pensando que la educación viene y debe venir únicamente de casa, como si todos los cuidadores (que no son siempre los padres) tuviesen una formación adecuada para hablar con los niños y jóvenes sobre sexualidad, o como si no fuese cierto que la propia cultura permea las vidas y el comportamiento de cada individuo más allá de la burbuja de su casa. Aun así, esta vez quiero concentrarme en un aspecto del debate que hasta el momento no se ha problematizado del todo: ¿qué es eso de “ideología de género”? ¿Realmente existe o es otro invento de los fundamentalistas para impulsar su agenda oscurantista? La mayoría de la gente que apoya la ley dice que la ideología de género es una mentira, pero creo que en este caso es mejor mirar con más detenimiento antes de refutar o rechazar una idea por completo. Sí, aunque sus portavoces sean fanáticos religiosos.

Por obvias razones, lo mejor es empezar con qué es ideología. Seguro que no es un concepto tan simple si filósofos, académicos e intelectuales se han roto la cabeza discutiéndolo y desarrollándolo, pero sí se puede definir de forma más o menos sencilla en el contexto que nos atañe: ideología es el conjunto de principios que dan forma a una visión del mundo en términos políticos y moldean el comportamiento de quienes se identifiquen con esa corriente de pensamiento. Partiendo de esta definición, podemos afirmar que todo el mundo tiene una ideología, por más que muchos aseguren no tenerla o se autodenominen “apolíticos”. De hecho, lo más común es que alguien que dice “ni izquierda ni derecha”, sea en realidad de derecha sin saberlo, porque el que es de izquierda sabe muy bien que lo es, pero como las ideas hegemónicas o dominantes son las de la derecha, la gente las absorbe y las asume como naturales o “neutrales”. Lo que ha pasado con el término “ideología” es que se ha asociado más comúnmente a las izquierdas; por ejemplo, desde la caída del muro de Berlín y el fin del bloque soviético, se habló del “fin de las ideologías”. Nada más alejado de la realidad, pero la frase sirvió muy bien a la propaganda de la derecha para erigirse, a partir de entonces, como la forma más “libre” y “natural” para organizar la economía y la vida en sociedad de forma “neutral”. Como decía un profe, la ideología es como el mal aliento: siempre la tiene el otro.

Pero ahora definamos género. Esta palabra se popularizó con el movimiento feminista de los años setenta, a partir de los estudios sexológicos de John Money, uno de los primeros en señalar la diferencia entre sexo biológico (pene o vagina) y rol de género (cómo aprendemos que debemos comportarnos según lo que llevamos entre las piernas). Para las feministas radicales (nombre propio de una corriente, no un sinónimo de feminazi), el género es opresivo porque establece roles concretos para hombres y para mujeres, donde los hombres son dominantes y las mujeres son subordinadas, y es ahí donde se fundamenta la violencia contra ellas. Pero más adelante, a inicios de los noventa, resurge fortalecida otra corriente del movimiento feminista, llamada la tercera ola, posmoderna o liberal (por su relación con el liberalismo económico post-Ilustración). Entre sus figuras más importantes, quizás la más conocida es Judith Butler, precursora de la teoría queer, que sostiene que la opresión está en que sólo existan dos géneros, en vez de una multiplicidad cónsona con la diversidad del ser humano. Resaltemos esta diferencia: radicales = el género es opresivo porque uno domina sobre el otro; liberales = el género es opresivo por su binarismo, o sea, porque la sociedad sólo admite dos. Entonces, desde que se popularizara la teoría queer, los antes llamados womens’s studies sufrieron una especie de rebranding y se convirtieron en gender studies. A lo corto, cuando la categoría “género” reemplaza a la de “mujeres”, el movimiento se vuelve queer y comienza a incluir a los trans, intersexuales, discapacitados, gordas y gordos, viejos y viejas, unicornios y unicornias. Ahora estarían incluidas las causas de todos los oprimidos, parias y outsiders, aun cuando eso significara desplazar a la mujer como sujeto de la emancipación.

Básicamente, el feminismo liberal defiende que si te sientes una empanada, tienes derecho a que el resto del mundo te reconozca como tal, porque sino es violencia y tú tienes una fobia. Es la misma corriente que defiende el disparate de la prostitución y la autocosificación de las mujeres como formas de empoderamiento; el mismo que considera a Beyoncè un ícono feminista y a las políticas identitarias su estandarte principal. Es el mismo feminismo que en Estados Unidos dice identificarse con la izquierda, pero perdió el tiempo peleando por #freethenipple, las fotos de la regla en Instagram y por que existan baños públicos “neutrales”, mientras Trump ganaba las elecciones con propuestas que, bien que mal, sí resonaron con la gente que vio sus condiciones de vida desmejoradas por la crisis de 2008 y los TLC. Ese es el feminismo liberal, al que los fundamentalistas llaman “feminismo de género”, y sorprendentemente no se equivocan. Y por desgracia es la corriente más popular: es el feminismo de Tumblr y el de las estrellas de Hollywood; el que defiende la libertad invidivual por encima de la libertad colectiva, porque si una prostituta es feliz siéndolo, que sufran todas las demás que son violentadas por ese oficio, o si alguien es feliz diciendo que se “siente mujer”, todos estamos obligados a reconocerlo como tal, no importa que haya sido socializado como un hombre y vivido con todos los privilegios que eso conlleva. Es la misma corriente que habla de pansexuales, ubersexuales, cosmosexuales, lumbersexuales y demás ñamesuras en lugar de decir bisexual y punto.

Entonces, hablar de una ideología de género es hablar de un conjunto de valores, ideas y principios orientados por la convicción moral y política de que el binarismo de género es lo que nos oprime. No es la explotación laboral. No es la violencia estructural de la desigualdad producida por el sistema capitalista. Es que haya gente que no sea aceptada si “siente” que está atrapada en el cuerpo equivocado. La ideología de género es la misma que impulsa el lobby trans en series de TV, el cine y los cómics; la que ha puesto de moda esta etiqueta entre los adolescentes sin cuestionar las consecuencias de una transición en un cuerpo que no ha terminado de desarrollarse, o en la mente de alguien que no ha ni terminado de descubrir quién es (ni hablar de los casos de arrepentimientos post-transición).

En lo que se equivocan los fundamentalistas (aparte de todo), es en usar el término “ideología de género” como sinónimo de feminismo, pero eso no quiere decir que no exista. Como feminista que reivindica la corriente radical, yo sí reconozco la existencia de una ideología de género, y aunque no la vea por ningún lado en el proyecto de ley 61 (el cual apoyo porque pienso que es completamente necesario), sí comprendo la preocupación de padres y madres que han sido vilmente desinformados por sus líderes religiosos, pero tampoco me resulta extraño considerando que la teoría queer ha cobrado tanta fuerza, que hasta la propia ONU, orientadora de las guías sobre SSyR y gran impulsora del feminismo liberal, la incorpora en su discurso.

Si hemos perdido la oportunidad de aprobar una ley tan necesaria, ha sido (en parte) porque la predominancia de las políticas identitarias en el discurso contrahegemónico está saboteando los movimientos sociales, pero estamos acostumbrados a criticar los dogmas de los demás, sin darnos cuenta de que en el bando de los que nos creemos más racionales, también hay dogmas que no nos molestamos en cuestionar por temor a que se tambaleen nuestras propias narrativas. El feminismo radical no apoya la violencia que sufren quienes se identifican como trans y tampoco niega sus batallas, pero sí problematiza la llamada identidad de género porque, al aceptar ciegamente que alguien puede sentirse hombre, mujer, neutro o intermitente, aceptamos algo que el propio feminismo ha intentado defender desde el principio: que ser hombre o mujer no es una identidad que se puede sentir o elegir; es la diferencia sexual que tradicionalmente se ha expresado en el sometimiento de unas por otros.

Quién diría que los conservadores y las feministas radicales tendrían algo en común.


Originalmente publicado en la revista SML, # 6, enero 2017.