Los desclasados también lloran

A raíz del desalojo de la semana pasada, mucha gente está hablando de invasores y defensa de la propiedad privada, pero hay algunas cosas que poner en perspectiva. No sorprende en absoluto que la clase dominante opine en contra de los desposeídos en un caso como este, pero que lo hagan las capas medias (altas y bajas) responde a un fenómeno en particular, así que voy a referirme a este sector de la población muy específicamente. Como reza el meme, “acompáñenme a ver esta triste historia”.

Las capas medias condenan rabiosamente que los pobres invadan terrenos ajenos, pero cuando los ricos se adueñan de terrenos que pertenecen al Estado, a duras penas comentan algo muy tibiamente. Se quejan enérgicamente de los asentamientos informales, pero no dicen nada del latifundismo, uno de los pilares de la desigualdad en Panamá donde unas cuantas personas son dueñas de miles de hectáreas en todo el territorio nacional, conseguidas con favores políticos o por cercanía al poder. Interpelan al pobre por intentar ver cómo sobrevive, pero no interpelan al Estado y a la oligarquía panameña que cuando le da la gana se adueña de terrenos para hacer negocios y seguir engrosando sus fortunas. Moscoso, Martinelli, Vallarino, Virzi o Btesh son algunos, y podríamos irnos hasta los inicios de nuestra era republicana para mencionar más apellidos yeyés, porque estos casos abundan y no son nada nuevo. En este punto habrá quienes digan que es lo mismo, “robo es robo y los 2 están mal”, pero se olvidan de que existe la asimetría de poder: cuando un pobre roba, está viendo cómo sobrevive; cuando un rico roba, está profundizando la desigualdad que hace que ese pobre robe.

Con la misma energía condenan los subsidios para los más necesitados, pero se quedan callados ante los subsidios que los ricos reciben para sus negocios, porque se comen el cuento de que los ricos son los que generan riqueza para sus países. Lo que los ricos hacen es acumular riqueza; sino no serían ricos, y esto sólo es posible a partir del trabajo de otros. Por más capital que ellos inviertan, los que generan riqueza son los trabajadores, aquellos que no tienen más para intercambiar que su fuerza de trabajo; sin ellos no se produce lo que se vende, sin ellos no camina ninguna empresa y no se genera el billete del que luego sólo les tocan migajas. Los subsidios para los pobres son para aliviar los embates de la desigualdad, que no puede ser dinamitada de la noche a la mañana, mucho menos haciendo la pantomima de generar más oportunidades para todos con políticas cortoplacistas que cambian cada 5 años según quién suba al poder. Los subsidios (que tampoco se supone sean permanentes) acompañan a esos lentos procesos, porque el que se está muriendo de hambre se está muriendo ya; no puede esperar ni 10 ni 20 años a que se empiecen a ver los efectos de las políticas redistributivas.

Estas mismas capas medias se las dan de progres defendiendo los mentados derechos humanos, pero sólo desde ellos hacia arriba: que se jodan los “vagos que quieren todo gratis”. Parece que esos se merecen todo el sufrimiento porque “nadie los mandó a tomar malas decisiones” (ah, pero muchos se llaman cristianos). Defienden el derecho a la propiedad privada por encima del derecho a la vida, pero no tienen idea de cómo opera la desigualdad: cómo se origina, quiénes y cómo la perpetúan, pero sobre todo, desconocen la imposibilidad de vencerla con esfuerzo individual porque es un problema estructural, no personal o familiar. Se juran muy distintos a los precaristas y le hacen el juego a los medios que criminalizan la pobreza, cuando ellos viven con la soga al cuello, viendo cómo llegan a fin de mes. Aun así les quedan fuerzas para darse golpes de pecho a lo King Kong y aire para vociferar que sus impuestos no son para mentener a vagos, porque si ellos se zurran pagando préstamos, hipotecas y alquileres, ¿por qué otro quiere casa gratis? Parece que el derecho a la vida está condicionado a tener un empleo y cumplir con una cuota de sufrimiento financiero, con tener deudas que te fajes para pagar. Entre más explotados y ahorcados están, más se enorgullecen de su propio martirilogio porque en su imaginación meritocrática creen que eso les da derecho a tener más y señalar al que no puede. En lugar de atacar al que también está pasándola mal, deben atacar al acumulador y al explotador que vive y se enriquece a costillas del trabajo y el esfuerzo de ambos: el esfuerzo de las capas medias que se endeudan para vivir medianamente bien, y el de los pobres que no tienen ni para endeudarse. ¿O todavía no ven que el pobre no es el enemigo?

Por si fuera poco, defienden el libre mercado como una religión, pero a la vez lloriquean por la especulación inmobiliaria que no los deja tener casa propia o siquiera pagar un alquiler justo. No se dan cuenta de que el liberalismo económico que tanto defienden es el mismo que usa el discurso publicitario para convertir las necesidades y los derechos en “sueños” a los que sólo tienen acceso quienes pueden pagarlos.

Hasta parece que se aprenden un guión, porque todos repiten lo mismo: “si fuese tu patio no te gustaría que lo invadieran”; “nadie los manda a tener hijos que no pueden mantener”; “sea como sea, la propiedad privada se respeta”; “la invasión es violencia”. ¡No! ¡La pobreza es violencia! ¡Es violencia ejercida por el Estado y los oligarcas que se chupan la plata de todos! “¡Es que todo lo quieren volver una lucha de clases!”. Pues qué pena decirles que la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases y nadie se escapa de ella; todos nos ubicamos en una clase y accionamos a favor o en contra de una o de otra. Cuenta la leyenda liberal que ya la clase no existe porque si estudias y trabajas lo suficiente, podrás vivir mejor, pero Stiglitz (premio Nobel de economía) lo dice clarito: el 90% de los que nacen ricos mueren ricos, mientras el 90% de los que nacen pobres mueren pobres sin importar cuánto se esfuercen. El otro ínfimo 10% son las historias bonitas de superación personal que cuentan los libros de autoayuda empresarial, los gurús emprendeduristas y los medios que sirven al poder; son esas historias con las que manipulan a la gente para que sigan pensando que todo lo que pase en su vida depende en un 100% de sus propias decisiones y de su esfuerzo individual, independientemente de lo que hagan los gobiernos. ¿Se han preguntado a quién beneficia esa narrativa? Sorpresa: al gran capital que se ríe mientras ve cómo te matas por migajas mientras unos pocos hacen fiesta con lo que tú produces. Es un mito que el mérito siempre saca de la pobreza, por eso la gente trabajadora que se escuda en ese argumento para justificar la represión y la violencia hacia los desposeídos, no son más que unos tristes desclasados.

Lo que da más risa es que estos capamedieros liberales realmente creen y se llenan la boca diciendo que los emprendedores y el sector privado son los llamados a resolver los problemas sociales que el Estado no atiende, pero si se trata de propiedad privada, ahí sí chillan: “¡es que yo no soy el Estado!”, porque para ellos la propiedad pesa más que hasta la vida de niños y mujeres embarazadas. Irónicamente, muchos de ellos están en contra de la educación sexual y además negarían el aborto a estas mujeres si ellas lo pidieran, y cuando esos niños nacen, les niegan las oportunidades y se ponen a cacarear que los pobres son brutos porque tienen hijos que no pueden mantener. Algunos sí apoyan la educación sexual, pero sólo porque ven a los pobres como “maleantes” y “parásitos” que no se deberían reproducir.

Como estos desclasados viven para defender los intereses de una clase a la que no pertenecen, se convierten en los mejores defensores de las multinacionales que desde la privatización de los años 90 han venido a llenarse los bolsillos a punta de las necesidades del pueblo panameño: Unión Fenosa y C&W, por mencionar sólo un par. Les revienta el hígado que los “invasores” tuvieran televisores y luz eléctrica “robada”, cuando el mayor robo lo hacen estas empresas extranjeras a las que el gobierno de Pérez-Balladares les regaló la administración de los servicios públicos en Panamá, para que sumaran millones que luego se llevan a sus países de origen. Y no, los empleos que generan aquí no se comparan con todo lo que ellos se embolsillan. ¿De verdad todavía no te das cuenta de que el enemigo no es el pobre? Bien lo decía Malcolm X: “si no tienes cuidado con los medios de comunicación, te harán amar al opresor y odiar al oprimido”.

Publicado en Facebook el 5 de abril de 2017.

Cultura copy/paste

Si vives en Panamá, habrás notado que de 3 a 5 años para acá, la oferta cultural de la ciudad ha crecido notablemente. Ahora si quieres salir el fin de semana (o incluso entre semana), quizás te toque organizarte entre mercaditos pop-up, tiendas de comida orgánica, patios de food trucks, muestras de cine indie, festivales musicales, exposiciones de todo tipo y talleres de lo que se te ocurra. Queda claro que el ocio y el consumo se han diversificado en algunos sectores de la ciudad, con un predominio de lo alternativo, la estética de lo artesanal y un discurso visual indiscutiblemente hipster.

Está claro que algo está pasando, pero aunque lo aparente, la “primavera cultural” de la que hablo no se acerca ni un poco a ser un proceso de desarrollo y transformación social. Más bien la fiebre del emprendedurismo y la moda de la economía naranja han empaquetado y sabido vender la idea de que el desarrollo cultural y económico del país (de cualquier país) dependen de la creatividad, la innovación y el empuje de la “clase creativa”, como la llama Richard Florida. Es en sí misma una ideología de raíces neoliberales que se nutre de la desigualdad, la desconfianza en las instituciones, el neohippismo gringo y las historias de éxito de Silicon Valley con sus CEOs que cambian el mundo a punta de garabatos en una servilleta. Es un nuevo dogma con sus propias figuras evangelizadoras que pregonan la buena nueva: que los emprendedores son los héroes de la economía, los mejores hijos de la patria que con su infinita capacidad creativa están llamados a resolver los problemas sociales, como una suerte de Estado alternativo que opera en la periferia del statu quo.

Además de centrarse en la ciudad y sólo en sectores muy particulares, este supuesto despertar cultural es esencialmente exclusivo: la gente joven del barrio de San Felipe no parquea en los lugares de moda del Casco por más que vivan al lado, y tampoco vemos a la gente de El Chorrillo o El Marañón en una muestra de cine alternativo en algún espacio cool de la localidad. Lo mismo ocurre con el emprendedurismo: es una cuestión de clases que se revela hasta en el propio lenguaje, porque la Generación Y del campo o del gueto no habla de startups, coworking, crowdfunding y toda la jerga de los millennials emprendedores del centro de la ciudad. Parece una obviedad porque erróneamente se supone que la gente de sectores populares es inculta, no tiene sensibilidad social ni estética y mucho menos interés en este tipo de actividades, pero en realidad lo que describo es el producto de una desigualdad tan profunda que casi se ha hecho invisible entre tanto nihilismo pop. Es la misma que tiene a gran parte de la población tan convencida de que la pobreza es una elección de los que no se esforzaron lo suficiente porque les faltó “espíritu emprendedor”.

Esta desigualdad también está en los emprendimientos que se basan en la estetización y el vaciado de expresiones culturales minoritarias que de otro modo ni voltearíamos a ver. Es un oportunismo que mantiene invisible al verdadero artesano mientras un pequeño-burgués, con su visión romántica y paternalista, toma crédito del trabajo ajeno refinándolo, poniéndole un logo bonito y un precio de boutique neoyorquina. Lo irónico es que esta gente cree reivindicar a las culturas indígenas y campesinas, mientras siguen pensando que sus economías y formas de vida son arcaicas o atrasadas. En otras palabras, se aprovecha la rica dimensión estética de las culturas no hegemónicas y se desecha todo lo que atente contra la visión de progreso lineal que se mantiene en Occidente desde la Revolución Industrial.

Sin duda es positivo y necesario que se desarrollen las artes, la creatividad y los pequeños emprendimientos. También está bien poder ir a un festival y comerse un emparedado de seitán en pan vegano artesanal al ritmo de una banda indie, pero hay que ser conscientes de que toda esta nueva oferta cultural y la moda del emprendedurismo están (la mayoría de las veces) ligados al poder adquisitivo y que, lejos de producir un verdadero impacto, se limitan a la reproducción de discursos y estéticas dominantes para que las capas medias y altas se sientan ambientadas en alguna gran capital.

Aparte de reproducir las desigualdades generadas por un sistema insostenible, el mayor problema de esta cultura de copiar y pegar es que da la ilusión de que no tenemos nada que envidiar a X o Y país del dizque primer mundo, sin darnos cuenta de que la actividad cultural de estos países tiene una función de “mantenimiento” de un desarrollo que ocurrió hace cientos de años por múltiples factores sociales, políticos, económicos y culturales, así que imitarla 1000 veces no nos traerá el mismo resultado sin que antes pasemos por nuestros propios procesos que además serán largos, complejos y traumáticos. De hecho, este copy/paste compulsivo es en parte un resultado del crecimiento económico amorfo y sin sentido (en tanto mal distribuido) que ha tenido Panamá en los últimos 12 años, pero además se alimenta de una profunda desconfianza en el Estado. Lo peligroso es que esta desconfianza produce sujetos individualistas y despolitizados, a quienes la lógica de mercado hace creer que los procesos de desarrollo corren por cuenta de una élite creativa frente a un poder público percibido como naturalmente ineficiente.

Lo que intento decir no es que un festival indie o una nueva aplicación móvil no valgan para nada, o que mejorar la calidad del entretenimiento cultural sea una iniciativa estéril. Mi punto es que ninguna innovación tendrá verdadera trascendencia sin un sentido de comunidad por encima de la rentabilización por deporte o de beneficiar a los que creamos más parecidos a “nosotros”. Mucho menos si no se proyecta con un alcance político que ataque a la desigualdad sin mirar a la cultura como una mercancía más en la interminable búsqueda de distinción en el autodiseño. Por su naturaleza de corto alcance, un evento alternativo/cultureta o una idea cool jamás sustituirán al Estado ni a las políticas públicas, pero sí pueden presionarlas o impulsarlas si la creatividad y la innovación se ponen al servicio de la sociedad como conjunto. Me refiero a que miremos por encima de las alucinaciones de gurús y pseudobohemios que reproducen el mito de las economías verdes, naranjas, púrpuras o tornasol, y comencemos a explorar las alternativas de la Economía Solidaria en el campo de la gestión cultural y el emprendimiento.

Originalmente publicado en la revista SML, # 3, julio 2016.

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