Taxis, Uber y libertad entre comillas

Ya todos sabemos que algunos taxistas son unas prenditas y que Uber es maravilloso, seguro, innovador y cura el cáncer, pero el rabioso debate sobre taxis versus Uber no es más que otra manera en que la clase trabajadora se pelea mientras los empresarios y el Estado se echan fresco desde las gradas. Dicho de otro modo, los choferes de Uber y los taxistas (junto con los propios usuarios) están en una situación más similar de lo que parece.

Uber no es un concesionario ni una piquera de taxis; es un emprendimiento tecnológico que se vale de esta etiqueta para no tener que pagar impuestos de manera consustancial a todo el dinero que ganan. Además, no pagan seguros ni prestaciones a los conductores porque en teoría, éstos no trabajan “en” la empresa (pero sí “para” ella, porque les producen riquezas ¿no?). Estos conductores se someten al trabajo precario e informal, al igual que los taxistas, pero en el caso de Uber hablamos de una empresa que, sin poner más que una aplicación que conecta a los pasajeros con los conductores, se vale del esfuerzo de personas que por la necesidad de un ingreso extra, ponen su tiempo, su trabajo y el desgaste de su propio auto.

Podría decirse que es una relación ganar-ganar, que a los conductores nadie les pone un revólver en la cabeza y que eligen estar con Uber libremente, pero la paila es la que manda y la gente va a buscar la manera de sobrevivir, aunque eso signifique desgastar un recurso que les ha costado tanto dinero, mientras otro se embolsilla la mayor parte de las ganancias. Hacer algo por necesidad no es libertad ni colaboración, es coerción sistemática, y la única supuesta libertad que tenemos es la de elegir a quién le vendemos el alma. Otros dirán que los conductores de Uber son hasta emprendedores o que están empoderados, pero el chofer no tiene ninguna propiedad sobre los medios de producción, que en este caso se supone que serían su auto y su celular. El medio de producción es la aplicación, y ésta no le pertenece.

Para los trabajadores en general, la llamada economía colaborativa o la “uberización” del trabajo no es más que precarización “elegida libremente”, como todo en el libre mercado, mientras una empresa lucra solucionando, o más bien rentabilizando y especulando con una necesidad de la gente que el Estado no quiere resolver. Dirán que el creador de Uber fue el que tuvo la idea y se arriesgó, invirtió, etc., y por eso “merece” ser rico (ahí vamos con la meritocracia), pero al igual que todas las empresas, Uber extrae plusvalía* de sus trabajadores para poder acumular riqueza, y en este caso es peor porque ni siquiera la extrae de trabajadores contratados formalmente con sus respectivos beneficios, porque eso no sería negocio para ellos. Por otro lado, especulan con las tarifas cuando les place, y se supone que el usuario es “libre” de pagarla o no, pero es una libertad falsa, porque está condicionada a lo pésimo que es el transporte público en Panamá y a lo malo y peligroso que es el servicio de los taxis. Si elijo algo porque no me queda de otra, ¿es libertad?

Según la libre competencia, entre otras cosas, las empresas deben mejorar sus productos y servicios constantemente para estar a la altura de lo que piden sus clientes y mantenerse competitivas. En ello se basa la gente para decir que si los taxistas quieren seguir en el negocio, deben ponerse las pilas para estar a la altura. Parece lógico, pero en este caso no estamos hablando de una gran empresa que compite contra otra, ni contra pequeños empresarios, como se podría pensar que son los taxistas. Estamos hablando de una empresa millonaria que compite contra gente que, además de ser trabajadores informales y precarios, muchos son explotados por los concesionarios (varios de los cuales son propiedad de diputados, o de extranjeros que vienen con dinero a someter a la gente pobre en Panamá), lo que los obliga a andar como carritos locos, con el “no voy” y cobrando lo que les da la gana porque tienen que cumplir con las cuotas absurdas que éstos les imponen, de hasta 80 o cien dólares al día. En otras palabras, los concesionarios especulan (al igual que los empresarios especulan con la vivienda, los alimentos y demás necesidades básicas que se rigen por las leyes del mercado), así que los taxistas terminan haciendo lo mismo. La gente insiste en que ellos tienen que mejorar su servicio como si fuesen una empresa cualquiera, pero la realidad es que ni el transporte, ni la salud, ni nada que beneficie a la mayoría de la población, debe quedar a merced de la lógica de mercado, especuladora y de competencia salvaje.

Que los taxis ofrezcan un servicio de calidad no dependerá de que compitan “libremente” y a muerte contra un gigante que tiene todas las de ganar, sino de que sean regulados por el Estado para que, al igual que en otros países, ofrezcan mayor seguridad, manejen ordenadamente, estén limpios, sigan las normas ambientales, cobren lo justo, den factura, vayan donde el pasajero les indique, se dejen de groserías y malas mañas, además de que se acabe el japai de los concesionarios o dueños de cupos.

Uber no es más que otra empresa oportunista y explotadora*, pese a lo que digan quienes predican el evangelio de la innovación y del emprendedurismo solucionista, amén. De todos modos, mientras usuarios, taxistas y conductores de Uber se enredan en un acalorado debate sin fin, el Estado pasa agachado porque no regula ni a Uber ni a los taxis, y una vez más se salva de responder a las necesidades básicas del pueblo. Y sí, yo también he vivido experiencias de terror con los taxistas y hasta me pone nerviosa manejar cerca de ellos, pero jamás se me ocurriría aplaudir a Varela por amenazar con quitarle un medio de subsistencia a personas humildes, en vez de él hacer lo que le corresponde. Por una vez en su vida no le caería mal, y al pueblo tampoco.

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*Cuando hablo de explotación, no necesariamente me refiero a trabajar 16 horas al día por una miseria de salario. Pensamos que no nos explotan porque se supone que elegimos libremente vender nuestra fuerza de trabajo a una empresa, pero la explotación está en la extracción de plusvalía de los trabajadores, ocultada bajo las relaciones mercantiles supuestamente libres. Para una definición más profunda de plusvalía, ver: http://www.eumed.net/cursecon/dic/bzm/p/plusvalia.htm

La cantaleta de la educación

“La educación viene de casa”. Ese mantra que tanta gente repite sin parar, como si todas las casas fuesen hogares. Como si todos los padres fuesen amorosos y responsables, o como si aquellos que sí lo son, pudiesen controlar el mundo más allá de la burbuja que intentan construir para ellos mismos y su familia. Como si los medios de (des)información, la publicidad, el machismo, la pobreza, la desigualdad y la propia cultura (que también es la suma de todo lo anterior) no tuviesen una dimensión educativa que construye a cada sujeto más allá de las paredes de su casa. Como si nos volviésemos inmunes a todo eso “si nos portamos bien”.

Luego de las dizque amenazas a la primera dama, muchos se preguntan qué culpa tienen ella o el presidente. A la gente le da vergüenza culpar al Estado, a un presidente, a un sistema, a una potencia abusiva o a cualquier factor externo porque andan metidos en su fantasía nietzscheana y no quieren ser percibidos como débiles, conspiranoicos o irresponsables. Pero la violencia es un fenómeno social, no individual, así que las decisiones políticas tienen todo que ver. El presidente es culpable (aunque no el único) junto con todos los que se han sentado antes a calentar esa silla mientras se embolsillan la plata del pueblo, profundizando esa desigualdad que genera la violencia a la que tememos. Mientras tanto, ellos viven tranquilos en sus barrios amurallados, con sus cámaras, garitas, alarmas y guachimanes.

Pero son culpables también los medios que legitiman y reproducen el machismo y los modelos de masculinidad agresiva y brutal. ¿Alguna vez se han preguntado por qué las niñas y mujeres no andan de matonas o gatilleras? Aunque a muchos les arda, estadísticamente son los hombres quienes cometen la mayoría de los actos de violencia en el mundo, pero no es porque nazcan así o porque tener pene los haga naturalmente violentos, sino porque así lo aprenden, y no necesariamente en casa. Si la buena educación en casa tuviese algo que ver, no habría tantos padres y madres que lloran a un hijo chacal aun habiendo hecho todo lo posible por sacarlo adelante. Repiten y repiten que la educación es la respuesta a todo, pero los que más roban y matan (sin necesidad de halar un gatillo), vienen de “buenas familias” y han tenido acceso a “educación de excelencia” en las mejores universidades extranjeras. ¿De qué vale la educación si sólo sirve para reproducir un sistema de mierda?

La ideología individualista (que no salió de la nada ni opera sola) no sólo hace que nos importen un comino los demás; también nos hace creer que “si yo cambio, todo cambia”. Pero lo que cada uno enseñe a sus hijos en casa seguirá dando perfectamente igual mientras no exista un proyecto de país opuesto al que hay ahora, ni políticas públicas adecuadas para prevenir y atender la problemática de la violencia. Y eso no pasará mientras el pueblo no se organice para luchar; mientras siga soñando que no tiene nada que exigir al Estado, y mientras sigamos creyendo que basta con ser buenos ciudadanos y buenos padres para remediar este verguero que tenemos.

Publicado en Facebook el 18 de abril de 2017.

Peter Pan ni sabe

El otro día estaba en una sala de espera y escuchaba a una chica que hablaba por celular: “¿En serio? ¡No puede ser que él tenga mi edad! Yo tengo 22, ¡él ya es un adulto!”. En principio fue un momento WTF para mí (¡¿cómo que a los 22 años no te consideras adulta todavía?!), pero luego recordé que según los psicólogos, ahora la adolescencia termina alrededor de los 25. Mi mamá se casó a los 23 en los años ochenta, y en épocas muy anteriores a la suya, las chiquillas de 15 o 16 ya caminaban hacia el altar. Hoy es de lo más normal que no quieras casarte ni tener hijos, que a los 28 todavía uses camisetas estampadas con personajes de dibujos animados y que juegues videojuegos aun después de los 35. De hecho, hace unos meses me topé con una columna en una revista panameña, donde el autor refunfuñaba porque su pareja no lo dejaba decorar la casa con pósters de Dragon Ball y figuras de acción de sus superhéroes favoritos. Pero contrario a la creencia popular de que el síndrome de Peter Pan es exclusivo de los hombres, las mujeres también andamos más o menos en las mismas, y es un fenómeno generalizado en Occidente. En Italia se llaman bamboccioni, en Polonia son los maminsynki y la prensa gringa habla de kidults, twixters y otro montón de apelativos inventados para describir a las nuevas generaciones que hacen a sus tatarabuelos revolcarse en sus tumbas.

Lo más sencillo es reconciliarse con la idea de que los tiempos cambian y punto, pero en realidad no cambian mágicamente o porque sea el curso “natural” de las cosas, aparte de que tampoco es que sea algo nuevo. Los siglos XIX y XX ya daban cuenta de una cultura occidental fascinada con fantasías juveniles como Alicia en el país de las maravillas, Peter Pan, Las crónicas de Narnia, El maravilloso mago de Oz y El Hobbit, todas ellas influenciadas por los cuentos de hadas del XVII y dirigidas en principio a un público infantil, pero ampliamente disfrutadas por los adultos. El auge de estas obras literarias coincide con el crecimiento de las ciudades, el surgimiento de la mecanización, el desarrollo de los mercados, los grandes avances científicos y un montón de transformaciones de todo tipo que resultarían en el predominio del pensamiento racionalista, algo que a la vez crearía las condiciones adecuadas para convertir a la imaginación y la fantasía en los antídotos escapistas por excelencia.

Hoy está claro que el panorama económico no pinta lo suficientemente bien como para que todo el mundo se embarque en responsabilidades tan grandes como reproducirse o comprar una casa, y a esa fuerza tan determinante se suma un lento pero contundente debilitamiento de instituciones como la familia, los colectivos políticos o la Iglesia, que antes marcaban la pauta en el modelo de adultez tradicional y vigilaban que la gente no se inclinara demasiado hacia sus intereses personales (ojo, que no soy religiosa). Ahora la industria de la autoayuda nos habla de revivir al niño interior, a la vez que abundan los blogs sobre #wanderlust y abandonarlo todo para irse por el mundo con una mochila al hombro; los millennials reniegan de las fotos de bodas y bebés en las redes sociales, mientras Hollywood rentabiliza la nostalgia con un desfile interminable de remakes, reboots, secuelas, superhéroes y cuentos de hadas. Todo este guacho se resume en que las capas medias urbanas parecen haberse infantilizado, casi como si hubiesen regresado a esa etapa de la vida cuando todavía la conciencia hacia los demás no está muy desarrollada y la única brújula son las propias emociones, impulsos y deseos. Aclaro que hablo de las capas medias urbanas (capas, no clase), no porque la gente del campo, de los barrios populares o de la yeyesada no disfruten también de algunos hobbies y expresiones culturales juveniles, sino porque para ellos no es algo tan determinante en sus identidades, conductas y decisiones de vida. Para efectos, nada beneficia más a un Mercado hiperactivo, productor de mercancías y nece[si]dades ilimitadas, que personas individualistas, con vínculos comunitarios casi nulos, y cuyo único compromiso es consigo mismos, obedeciendo a una aparente potencialidad infinita de explorar y experimentar en busca de la felicidad.

A propósito de eso, hace poco se viralizó un video motivacional sobre tener paciencia con uno mismo, que cada quién va a su propio ritmo y que no te preocupes si tienes equis edad y no has logrado tal o cuál cosa. Claro, lógicamente todos somos diferentes y no tenemos que encajar en un solo molde, pero es mentira que todo el mundo puede tomarse el tiempo que quiera para jugar al ensayo y error a ver qué pasa; sólo pueden hacerlo quienes cuentan con el apoyo financiero de papá y mamá. También con la reciente —y ya expirada— moda de Pokemon Go, circuló bastante un meme que decía algo como “el hecho de que tu niño interior esté muerto, no significa que debas destruir el de otras personas con tu complejo de madurez”. Aunque sea un pensamiento ingenuo, lo comprendo, sobre todo porque me reconozco en algunas de las cosas que yo misma acabo de criticar: también estoy cerca de los 30 y mantengo algunos hábitos de consumo y hobbies de mi niñez, sigo jugando videojuegos, aún me gustan las cómicas y soy fanática incurable de Harry Potter, pero es que nadie está diciendo que hay que desechar la curiosidad, la creatividad y la ilusión de cuando éramos niños y el mundo nos parecía más bonito; es que nos demos cuenta de que el extremo presentismo, la relativización absoluta y el “todo vale” de la filosofía posmodernilla forever young no son simples elecciones personales a las que aplicar el “vive y deja vivir”. Como decía antes, nada en la cultura pasa al azar, y ni siquiera los gustos, por muy privados e individuales que parezcan, escapan de estar mediados por las dinámicas económicas, sociales, y culturales que mueven al mundo (en especial las económicas, que moldean a las demás). En este caso lo jodido es que esa prolongación indefinida de la adolescencia no sólo nos mantiene en una especie de limbo hedonista en el que postergamos los riesgos y las responsabilidades; también profundiza la crisis individualista en que nos ha sumido este sistema.

Con todo esto pensarán que estoy poseída por una doña, pero a menos que nada nos importe, no está de más pararnos a pensar de vez en cuando sobre qué significan cosas tan triviales como ponerse un calzoncillo de Batman, en especial porque alimentar al niño interior no tiene por qué ser un síntoma de inmadurez si entendemos que estar en esta Tierra no se trata sólo de uno mismo.

Originalmente publicado en la revista SML #4, noviembre de 2016.

 

Los desclasados también lloran

A raíz del desalojo de la semana pasada, mucha gente está hablando de invasores y defensa de la propiedad privada, pero hay algunas cosas que poner en perspectiva. No sorprende en absoluto que la clase dominante opine en contra de los desposeídos en un caso como este, pero que lo hagan las capas medias (altas y bajas) responde a un fenómeno en particular, así que voy a referirme a este sector de la población muy específicamente. Como reza el meme, “acompáñenme a ver esta triste historia”.

Las capas medias condenan rabiosamente que los pobres invadan terrenos ajenos, pero cuando los ricos se adueñan de terrenos que pertenecen al Estado, a duras penas comentan algo muy tibiamente. Se quejan enérgicamente de los asentamientos informales, pero no dicen nada del latifundismo, uno de los pilares de la desigualdad en Panamá donde unas cuantas personas son dueñas de miles de hectáreas en todo el territorio nacional, conseguidas con favores políticos o por cercanía al poder. Interpelan al pobre por intentar ver cómo sobrevive, pero no interpelan al Estado y a la oligarquía panameña que cuando le da la gana se adueña de terrenos para hacer negocios y seguir engrosando sus fortunas. Moscoso, Martinelli, Vallarino, Virzi o Btesh son algunos, y podríamos irnos hasta los inicios de nuestra era republicana para mencionar más apellidos yeyés, porque estos casos abundan y no son nada nuevo. En este punto habrá quienes digan que es lo mismo, “robo es robo y los 2 están mal”, pero se olvidan de que existe la asimetría de poder: cuando un pobre roba, está viendo cómo sobrevive; cuando un rico roba, está profundizando la desigualdad que hace que ese pobre robe.

Con la misma energía condenan los subsidios para los más necesitados, pero se quedan callados ante los subsidios que los ricos reciben para sus negocios, porque se comen el cuento de que los ricos son los que generan riqueza para sus países. Lo que los ricos hacen es acumular riqueza; sino no serían ricos, y esto sólo es posible a partir del trabajo de otros. Por más capital que ellos inviertan, los que generan riqueza son los trabajadores, aquellos que no tienen más para intercambiar que su fuerza de trabajo; sin ellos no se produce lo que se vende, sin ellos no camina ninguna empresa y no se genera el billete del que luego sólo les tocan migajas. Los subsidios para los pobres son para aliviar los embates de la desigualdad, que no puede ser dinamitada de la noche a la mañana, mucho menos haciendo la pantomima de generar más oportunidades para todos con políticas cortoplacistas que cambian cada 5 años según quién suba al poder. Los subsidios (que tampoco se supone sean permanentes) acompañan a esos lentos procesos, porque el que se está muriendo de hambre se está muriendo ya; no puede esperar ni 10 ni 20 años a que se empiecen a ver los efectos de las políticas redistributivas.

Estas mismas capas medias se las dan de progres defendiendo los mentados derechos humanos, pero sólo desde ellos hacia arriba: que se jodan los “vagos que quieren todo gratis”. Parece que esos se merecen todo el sufrimiento porque “nadie los mandó a tomar malas decisiones” (ah, pero muchos se llaman cristianos). Defienden el derecho a la propiedad privada por encima del derecho a la vida, pero no tienen idea de cómo opera la desigualdad: cómo se origina, quiénes y cómo la perpetúan, pero sobre todo, desconocen la imposibilidad de vencerla con esfuerzo individual porque es un problema estructural, no personal o familiar. Se juran muy distintos a los precaristas y le hacen el juego a los medios que criminalizan la pobreza, cuando ellos viven con la soga al cuello, viendo cómo llegan a fin de mes. Aun así les quedan fuerzas para darse golpes de pecho a lo King Kong y aire para vociferar que sus impuestos no son para mentener a vagos, porque si ellos se zurran pagando préstamos, hipotecas y alquileres, ¿por qué otro quiere casa gratis? Parece que el derecho a la vida está condicionado a tener un empleo y cumplir con una cuota de sufrimiento financiero, con tener deudas que te fajes para pagar. Entre más explotados y ahorcados están, más se enorgullecen de su propio martirilogio porque en su imaginación meritocrática creen que eso les da derecho a tener más y señalar al que no puede. En lugar de atacar al que también está pasándola mal, deben atacar al acumulador y al explotador que vive y se enriquece a costillas del trabajo y el esfuerzo de ambos: el esfuerzo de las capas medias que se endeudan para vivir medianamente bien, y el de los pobres que no tienen ni para endeudarse. ¿O todavía no ven que el pobre no es el enemigo?

Por si fuera poco, defienden el libre mercado como una religión, pero a la vez lloriquean por la especulación inmobiliaria que no los deja tener casa propia o siquiera pagar un alquiler justo. No se dan cuenta de que el liberalismo económico que tanto defienden es el mismo que usa el discurso publicitario para convertir las necesidades y los derechos en “sueños” a los que sólo tienen acceso quienes pueden pagarlos.

Hasta parece que se aprenden un guión, porque todos repiten lo mismo: “si fuese tu patio no te gustaría que lo invadieran”; “nadie los manda a tener hijos que no pueden mantener”; “sea como sea, la propiedad privada se respeta”; “la invasión es violencia”. ¡No! ¡La pobreza es violencia! ¡Es violencia ejercida por el Estado y los oligarcas que se chupan la plata de todos! “¡Es que todo lo quieren volver una lucha de clases!”. Pues qué pena decirles que la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases y nadie se escapa de ella; todos nos ubicamos en una clase y accionamos a favor o en contra de una o de otra. Cuenta la leyenda liberal que ya la clase no existe porque si estudias y trabajas lo suficiente, podrás vivir mejor, pero Stiglitz (premio Nobel de economía) lo dice clarito: el 90% de los que nacen ricos mueren ricos, mientras el 90% de los que nacen pobres mueren pobres sin importar cuánto se esfuercen. El otro ínfimo 10% son las historias bonitas de superación personal que cuentan los libros de autoayuda empresarial, los gurús emprendeduristas y los medios que sirven al poder; son esas historias con las que manipulan a la gente para que sigan pensando que todo lo que pase en su vida depende en un 100% de sus propias decisiones y de su esfuerzo individual, independientemente de lo que hagan los gobiernos. ¿Se han preguntado a quién beneficia esa narrativa? Sorpresa: al gran capital que se ríe mientras ve cómo te matas por migajas mientras unos pocos hacen fiesta con lo que tú produces. Es un mito que el mérito siempre saca de la pobreza, por eso la gente trabajadora que se escuda en ese argumento para justificar la represión y la violencia hacia los desposeídos, no son más que unos tristes desclasados.

Lo que da más risa es que estos capamedieros liberales realmente creen y se llenan la boca diciendo que los emprendedores y el sector privado son los llamados a resolver los problemas sociales que el Estado no atiende, pero si se trata de propiedad privada, ahí sí chillan: “¡es que yo no soy el Estado!”, porque para ellos la propiedad pesa más que hasta la vida de niños y mujeres embarazadas. Irónicamente, muchos de ellos están en contra de la educación sexual y además negarían el aborto a estas mujeres si ellas lo pidieran, y cuando esos niños nacen, les niegan las oportunidades y se ponen a cacarear que los pobres son brutos porque tienen hijos que no pueden mantener. Algunos sí apoyan la educación sexual, pero sólo porque ven a los pobres como “maleantes” y “parásitos” que no se deberían reproducir.

Como estos desclasados viven para defender los intereses de una clase a la que no pertenecen, se convierten en los mejores defensores de las multinacionales que desde la privatización de los años 90 han venido a llenarse los bolsillos a punta de las necesidades del pueblo panameño: Unión Fenosa y C&W, por mencionar sólo un par. Les revienta el hígado que los “invasores” tuvieran televisores y luz eléctrica “robada”, cuando el mayor robo lo hacen estas empresas extranjeras a las que el gobierno de Pérez-Balladares les regaló la administración de los servicios públicos en Panamá, para que sumaran millones que luego se llevan a sus países de origen. Y no, los empleos que generan aquí no se comparan con todo lo que ellos se embolsillan. ¿De verdad todavía no te das cuenta de que el enemigo no es el pobre? Bien lo decía Malcolm X: “si no tienes cuidado con los medios de comunicación, te harán amar al opresor y odiar al oprimido”.

Publicado en Facebook el 5 de abril de 2017.

¿Existe la ideología de género?

No está muy claro de dónde sacaron esta idea, pero los fundamentalistas y fanáticos religiosos aseguran que en las guías del MEDUCA para la educación integral en sexualidad, se habla de enseñar a los niños que pueden elegir su género. Mientras tanto, el proyecto ha sido archivado una vez más, así que por tiempo indefinido continuarán los embarazos precoces, los contagios de infecciones y enfermedades de transmisión sexual, y toda esta cadena desastrosa que como sabemos, constituye un problema de salud pública que nos afecta a todos como país, pero aún más a la población marginada. De una manera u otra, mucha gente sigue pensando que la educación viene y debe venir únicamente de casa, como si todos los cuidadores (que no son siempre los padres) tuviesen una formación adecuada para hablar con los niños y jóvenes sobre sexualidad, o como si no fuese cierto que la propia cultura permea las vidas y el comportamiento de cada individuo más allá de la burbuja de su casa. Aun así, esta vez quiero concentrarme en un aspecto del debate que hasta el momento no se ha problematizado del todo: ¿qué es eso de “ideología de género”? ¿Realmente existe o es otro invento de los fundamentalistas para impulsar su agenda oscurantista? La mayoría de la gente que apoya la ley dice que la ideología de género es una mentira, pero creo que en este caso es mejor mirar con más detenimiento antes de refutar o rechazar una idea por completo. Sí, aunque sus portavoces sean fanáticos religiosos.

Por obvias razones, lo mejor es empezar con qué es ideología. Seguro que no es un concepto tan simple si filósofos, académicos e intelectuales se han roto la cabeza discutiéndolo y desarrollándolo, pero sí se puede definir de forma más o menos sencilla en el contexto que nos atañe: ideología es el conjunto de principios que dan forma a una visión del mundo en términos políticos y moldean el comportamiento de quienes se identifiquen con esa corriente de pensamiento. Partiendo de esta definición, podemos afirmar que todo el mundo tiene una ideología, por más que muchos aseguren no tenerla o se autodenominen “apolíticos”. De hecho, lo más común es que alguien que dice “ni izquierda ni derecha”, sea en realidad de derecha sin saberlo, porque el que es de izquierda sabe muy bien que lo es, pero como las ideas hegemónicas o dominantes son las de la derecha, la gente las absorbe y las asume como naturales o “neutrales”. Lo que ha pasado con el término “ideología” es que se ha asociado más comúnmente a las izquierdas; por ejemplo, desde la caída del muro de Berlín y el fin del bloque soviético, se habló del “fin de las ideologías”. Nada más alejado de la realidad, pero la frase sirvió muy bien a la propaganda de la derecha para erigirse, a partir de entonces, como la forma más “libre” y “natural” para organizar la economía y la vida en sociedad de forma “neutral”. Como decía un profe, la ideología es como el mal aliento: siempre la tiene el otro.

Pero ahora definamos género. Esta palabra se popularizó con el movimiento feminista de los años setenta, a partir de los estudios sexológicos de John Money, uno de los primeros en señalar la diferencia entre sexo biológico (pene o vagina) y rol de género (cómo aprendemos que debemos comportarnos según lo que llevamos entre las piernas). Para las feministas radicales (nombre propio de una corriente, no un sinónimo de feminazi), el género es opresivo porque establece roles concretos para hombres y para mujeres, donde los hombres son dominantes y las mujeres son subordinadas, y es ahí donde se fundamenta la violencia contra ellas. Pero más adelante, a inicios de los noventa, resurge fortalecida otra corriente del movimiento feminista, llamada la tercera ola, posmoderna o liberal (por su relación con el liberalismo económico post-Ilustración). Entre sus figuras más importantes, quizás la más conocida es Judith Butler, precursora de la teoría queer, que sostiene que la opresión está en que sólo existan dos géneros, en vez de una multiplicidad cónsona con la diversidad del ser humano. Resaltemos esta diferencia: radicales = el género es opresivo porque uno domina sobre el otro; liberales = el género es opresivo por su binarismo, o sea, porque la sociedad sólo admite dos. Entonces, desde que se popularizara la teoría queer, los antes llamados womens’s studies sufrieron una especie de rebranding y se convirtieron en gender studies. A lo corto, cuando la categoría “género” reemplaza a la de “mujeres”, el movimiento se vuelve queer y comienza a incluir a los trans, intersexuales, discapacitados, gordas y gordos, viejos y viejas, unicornios y unicornias. Ahora estarían incluidas las causas de todos los oprimidos, parias y outsiders, aun cuando eso significara desplazar a la mujer como sujeto de la emancipación.

Básicamente, el feminismo liberal defiende que si te sientes una empanada, tienes derecho a que el resto del mundo te reconozca como tal, porque sino es violencia y tú tienes una fobia. Es la misma corriente que defiende el disparate de la prostitución y la autocosificación de las mujeres como formas de empoderamiento; el mismo que considera a Beyoncè un ícono feminista y a las políticas identitarias su estandarte principal. Es el mismo feminismo que en Estados Unidos dice identificarse con la izquierda, pero perdió el tiempo peleando por #freethenipple, las fotos de la regla en Instagram y por que existan baños públicos “neutrales”, mientras Trump ganaba las elecciones con propuestas que, bien que mal, sí resonaron con la gente que vio sus condiciones de vida desmejoradas por la crisis de 2008 y los TLC. Ese es el feminismo liberal, al que los fundamentalistas llaman “feminismo de género”, y sorprendentemente no se equivocan. Y por desgracia es la corriente más popular: es el feminismo de Tumblr y el de las estrellas de Hollywood; el que defiende la libertad invidivual por encima de la libertad colectiva, porque si una prostituta es feliz siéndolo, que sufran todas las demás que son violentadas por ese oficio, o si alguien es feliz diciendo que se “siente mujer”, todos estamos obligados a reconocerlo como tal, no importa que haya sido socializado como un hombre y vivido con todos los privilegios que eso conlleva. Es la misma corriente que habla de pansexuales, ubersexuales, cosmosexuales, lumbersexuales y demás ñamesuras en lugar de decir bisexual y punto.

Entonces, hablar de una ideología de género es hablar de un conjunto de valores, ideas y principios orientados por la convicción moral y política de que el binarismo de género es lo que nos oprime. No es la explotación laboral. No es la violencia estructural de la desigualdad producida por el sistema capitalista. Es que haya gente que no sea aceptada si “siente” que está atrapada en el cuerpo equivocado. La ideología de género es la misma que impulsa el lobby trans en series de TV, el cine y los cómics; la que ha puesto de moda esta etiqueta entre los adolescentes sin cuestionar las consecuencias de una transición en un cuerpo que no ha terminado de desarrollarse, o en la mente de alguien que no ha ni terminado de descubrir quién es (ni hablar de los casos de arrepentimientos post-transición).

En lo que se equivocan los fundamentalistas (aparte de todo), es en usar el término “ideología de género” como sinónimo de feminismo, pero eso no quiere decir que no exista. Como feminista que reivindica la corriente radical, yo sí reconozco la existencia de una ideología de género, y aunque no la vea por ningún lado en el proyecto de ley 61 (el cual apoyo porque pienso que es completamente necesario), sí comprendo la preocupación de padres y madres que han sido vilmente desinformados por sus líderes religiosos, pero tampoco me resulta extraño considerando que la teoría queer ha cobrado tanta fuerza, que hasta la propia ONU, orientadora de las guías sobre SSyR y gran impulsora del feminismo liberal, la incorpora en su discurso.

Si hemos perdido la oportunidad de aprobar una ley tan necesaria, ha sido (en parte) porque la predominancia de las políticas identitarias en el discurso contrahegemónico está saboteando los movimientos sociales, pero estamos acostumbrados a criticar los dogmas de los demás, sin darnos cuenta de que en el bando de los que nos creemos más racionales, también hay dogmas que no nos molestamos en cuestionar por temor a que se tambaleen nuestras propias narrativas. El feminismo radical no apoya la violencia que sufren quienes se identifican como trans y tampoco niega sus batallas, pero sí problematiza la llamada identidad de género porque, al aceptar ciegamente que alguien puede sentirse hombre, mujer, neutro o intermitente, aceptamos algo que el propio feminismo ha intentado defender desde el principio: que ser hombre o mujer no es una identidad que se puede sentir o elegir; es la diferencia sexual que tradicionalmente se ha expresado en el sometimiento de unas por otros.

Quién diría que los conservadores y las feministas radicales tendrían algo en común.


Originalmente publicado en la revista SML, # 6, enero 2017.

Cultura copy/paste

Si vives en Panamá, habrás notado que de 3 a 5 años para acá, la oferta cultural de la ciudad ha crecido notablemente. Ahora si quieres salir el fin de semana (o incluso entre semana), quizás te toque organizarte entre mercaditos pop-up, tiendas de comida orgánica, patios de food trucks, muestras de cine indie, festivales musicales, exposiciones de todo tipo y talleres de lo que se te ocurra. Queda claro que el ocio y el consumo se han diversificado en algunos sectores de la ciudad, con un predominio de lo alternativo, la estética de lo artesanal y un discurso visual indiscutiblemente hipster.

Está claro que algo está pasando, pero aunque lo aparente, la “primavera cultural” de la que hablo no se acerca ni un poco a ser un proceso de desarrollo y transformación social. Más bien la fiebre del emprendedurismo y la moda de la economía naranja han empaquetado y sabido vender la idea de que el desarrollo cultural y económico del país (de cualquier país) dependen de la creatividad, la innovación y el empuje de la “clase creativa”, como la llama Richard Florida. Es en sí misma una ideología de raíces neoliberales que se nutre de la desigualdad, la desconfianza en las instituciones, el neohippismo gringo y las historias de éxito de Silicon Valley con sus CEOs que cambian el mundo a punta de garabatos en una servilleta. Es un nuevo dogma con sus propias figuras evangelizadoras que pregonan la buena nueva: que los emprendedores son los héroes de la economía, los mejores hijos de la patria que con su infinita capacidad creativa están llamados a resolver los problemas sociales, como una suerte de Estado alternativo que opera en la periferia del statu quo.

Además de centrarse en la ciudad y sólo en sectores muy particulares, este supuesto despertar cultural es esencialmente exclusivo: la gente joven del barrio de San Felipe no parquea en los lugares de moda del Casco por más que vivan al lado, y tampoco vemos a la gente de El Chorrillo o El Marañón en una muestra de cine alternativo en algún espacio cool de la localidad. Lo mismo ocurre con el emprendedurismo: es una cuestión de clases que se revela hasta en el propio lenguaje, porque la Generación Y del campo o del gueto no habla de startups, coworking, crowdfunding y toda la jerga de los millennials emprendedores del centro de la ciudad. Parece una obviedad porque erróneamente se supone que la gente de sectores populares es inculta, no tiene sensibilidad social ni estética y mucho menos interés en este tipo de actividades, pero en realidad lo que describo es el producto de una desigualdad tan profunda que casi se ha hecho invisible entre tanto nihilismo pop. Es la misma que tiene a gran parte de la población tan convencida de que la pobreza es una elección de los que no se esforzaron lo suficiente porque les faltó “espíritu emprendedor”.

Esta desigualdad también está en los emprendimientos que se basan en la estetización y el vaciado de expresiones culturales minoritarias que de otro modo ni voltearíamos a ver. Es un oportunismo que mantiene invisible al verdadero artesano mientras un pequeño-burgués, con su visión romántica y paternalista, toma crédito del trabajo ajeno refinándolo, poniéndole un logo bonito y un precio de boutique neoyorquina. Lo irónico es que esta gente cree reivindicar a las culturas indígenas y campesinas, mientras siguen pensando que sus economías y formas de vida son arcaicas o atrasadas. En otras palabras, se aprovecha la rica dimensión estética de las culturas no hegemónicas y se desecha todo lo que atente contra la visión de progreso lineal que se mantiene en Occidente desde la Revolución Industrial.

Sin duda es positivo y necesario que se desarrollen las artes, la creatividad y los pequeños emprendimientos. También está bien poder ir a un festival y comerse un emparedado de seitán en pan vegano artesanal al ritmo de una banda indie, pero hay que ser conscientes de que toda esta nueva oferta cultural y la moda del emprendedurismo están (la mayoría de las veces) ligados al poder adquisitivo y que, lejos de producir un verdadero impacto, se limitan a la reproducción de discursos y estéticas dominantes para que las capas medias y altas se sientan ambientadas en alguna gran capital.

Aparte de reproducir las desigualdades generadas por un sistema insostenible, el mayor problema de esta cultura de copiar y pegar es que da la ilusión de que no tenemos nada que envidiar a X o Y país del dizque primer mundo, sin darnos cuenta de que la actividad cultural de estos países tiene una función de “mantenimiento” de un desarrollo que ocurrió hace cientos de años por múltiples factores sociales, políticos, económicos y culturales, así que imitarla 1000 veces no nos traerá el mismo resultado sin que antes pasemos por nuestros propios procesos que además serán largos, complejos y traumáticos. De hecho, este copy/paste compulsivo es en parte un resultado del crecimiento económico amorfo y sin sentido (en tanto mal distribuido) que ha tenido Panamá en los últimos 12 años, pero además se alimenta de una profunda desconfianza en el Estado. Lo peligroso es que esta desconfianza produce sujetos individualistas y despolitizados, a quienes la lógica de mercado hace creer que los procesos de desarrollo corren por cuenta de una élite creativa frente a un poder público percibido como naturalmente ineficiente.

Lo que intento decir no es que un festival indie o una nueva aplicación móvil no valgan para nada, o que mejorar la calidad del entretenimiento cultural sea una iniciativa estéril. Mi punto es que ninguna innovación tendrá verdadera trascendencia sin un sentido de comunidad por encima de la rentabilización por deporte o de beneficiar a los que creamos más parecidos a “nosotros”. Mucho menos si no se proyecta con un alcance político que ataque a la desigualdad sin mirar a la cultura como una mercancía más en la interminable búsqueda de distinción en el autodiseño. Por su naturaleza de corto alcance, un evento alternativo/cultureta o una idea cool jamás sustituirán al Estado ni a las políticas públicas, pero sí pueden presionarlas o impulsarlas si la creatividad y la innovación se ponen al servicio de la sociedad como conjunto. Me refiero a que miremos por encima de las alucinaciones de gurús y pseudobohemios que reproducen el mito de las economías verdes, naranjas, púrpuras o tornasol, y comencemos a explorar las alternativas de la Economía Solidaria en el campo de la gestión cultural y el emprendimiento.

Originalmente publicado en la revista SML, # 3, julio 2016.

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