Taxis, Uber y libertad entre comillas

Ya todos sabemos que algunos taxistas son unas prenditas y que Uber es maravilloso, seguro, innovador y cura el cáncer, pero el rabioso debate sobre taxis versus Uber no es más que otra manera en que la clase trabajadora se pelea mientras los empresarios y el Estado se echan fresco desde las gradas. Dicho de otro modo, los choferes de Uber y los taxistas (junto con los propios usuarios) están en una situación más similar de lo que parece.

Uber no es un concesionario ni una piquera de taxis; es un emprendimiento tecnológico que se vale de esta etiqueta para no tener que pagar impuestos de manera consustancial a todo el dinero que ganan. Además, no pagan seguros ni prestaciones a los conductores porque en teoría, éstos no trabajan “en” la empresa (pero sí “para” ella, porque les producen riquezas ¿no?). Estos conductores se someten al trabajo precario e informal, al igual que los taxistas, pero en el caso de Uber hablamos de una empresa que, sin poner más que una aplicación que conecta a los pasajeros con los conductores, se vale del esfuerzo de personas que por la necesidad de un ingreso extra, ponen su tiempo, su trabajo y el desgaste de su propio auto.

Podría decirse que es una relación ganar-ganar, que a los conductores nadie les pone un revólver en la cabeza y que eligen estar con Uber libremente, pero la paila es la que manda y la gente va a buscar la manera de sobrevivir, aunque eso signifique desgastar un recurso que les ha costado tanto dinero, mientras otro se embolsilla la mayor parte de las ganancias. Hacer algo por necesidad no es libertad ni colaboración, es coerción sistemática, y la única supuesta libertad que tenemos es la de elegir a quién le vendemos el alma. Otros dirán que los conductores de Uber son hasta emprendedores o que están empoderados, pero el chofer no tiene ninguna propiedad sobre los medios de producción, que en este caso se supone que serían su auto y su celular. El medio de producción es la aplicación, y ésta no le pertenece.

Para los trabajadores en general, la llamada economía colaborativa o la “uberización” del trabajo no es más que precarización “elegida libremente”, como todo en el libre mercado, mientras una empresa lucra solucionando, o más bien rentabilizando y especulando con una necesidad de la gente que el Estado no quiere resolver. Dirán que el creador de Uber fue el que tuvo la idea y se arriesgó, invirtió, etc., y por eso “merece” ser rico (ahí vamos con la meritocracia), pero al igual que todas las empresas, Uber extrae plusvalía* de sus trabajadores para poder acumular riqueza, y en este caso es peor porque ni siquiera la extrae de trabajadores contratados formalmente con sus respectivos beneficios, porque eso no sería negocio para ellos. Por otro lado, especulan con las tarifas cuando les place, y se supone que el usuario es “libre” de pagarla o no, pero es una libertad falsa, porque está condicionada a lo pésimo que es el transporte público en Panamá y a lo malo y peligroso que es el servicio de los taxis. Si elijo algo porque no me queda de otra, ¿es libertad?

Según la libre competencia, entre otras cosas, las empresas deben mejorar sus productos y servicios constantemente para estar a la altura de lo que piden sus clientes y mantenerse competitivas. En ello se basa la gente para decir que si los taxistas quieren seguir en el negocio, deben ponerse las pilas para estar a la altura. Parece lógico, pero en este caso no estamos hablando de una gran empresa que compite contra otra, ni contra pequeños empresarios, como se podría pensar que son los taxistas. Estamos hablando de una empresa millonaria que compite contra gente que, además de ser trabajadores informales y precarios, muchos son explotados por los concesionarios (varios de los cuales son propiedad de diputados, o de extranjeros que vienen con dinero a someter a la gente pobre en Panamá), lo que los obliga a andar como carritos locos, con el “no voy” y cobrando lo que les da la gana porque tienen que cumplir con las cuotas absurdas que éstos les imponen, de hasta 80 o cien dólares al día. En otras palabras, los concesionarios especulan (al igual que los empresarios especulan con la vivienda, los alimentos y demás necesidades básicas que se rigen por las leyes del mercado), así que los taxistas terminan haciendo lo mismo. La gente insiste en que ellos tienen que mejorar su servicio como si fuesen una empresa cualquiera, pero la realidad es que ni el transporte, ni la salud, ni nada que beneficie a la mayoría de la población, debe quedar a merced de la lógica de mercado, especuladora y de competencia salvaje.

Que los taxis ofrezcan un servicio de calidad no dependerá de que compitan “libremente” y a muerte contra un gigante que tiene todas las de ganar, sino de que sean regulados por el Estado para que, al igual que en otros países, ofrezcan mayor seguridad, manejen ordenadamente, estén limpios, sigan las normas ambientales, cobren lo justo, den factura, vayan donde el pasajero les indique, se dejen de groserías y malas mañas, además de que se acabe el japai de los concesionarios o dueños de cupos.

Uber no es más que otra empresa oportunista y explotadora*, pese a lo que digan quienes predican el evangelio de la innovación y del emprendedurismo solucionista, amén. De todos modos, mientras usuarios, taxistas y conductores de Uber se enredan en un acalorado debate sin fin, el Estado pasa agachado porque no regula ni a Uber ni a los taxis, y una vez más se salva de responder a las necesidades básicas del pueblo. Y sí, yo también he vivido experiencias de terror con los taxistas y hasta me pone nerviosa manejar cerca de ellos, pero jamás se me ocurriría aplaudir a Varela por amenazar con quitarle un medio de subsistencia a personas humildes, en vez de él hacer lo que le corresponde. Por una vez en su vida no le caería mal, y al pueblo tampoco.

—–

*Cuando hablo de explotación, no necesariamente me refiero a trabajar 16 horas al día por una miseria de salario. Pensamos que no nos explotan porque se supone que elegimos libremente vender nuestra fuerza de trabajo a una empresa, pero la explotación está en la extracción de plusvalía de los trabajadores, ocultada bajo las relaciones mercantiles supuestamente libres. Para una definición más profunda de plusvalía, ver: http://www.eumed.net/cursecon/dic/bzm/p/plusvalia.htm

La cantaleta de la educación

“La educación viene de casa”. Ese mantra que tanta gente repite sin parar, como si todas las casas fuesen hogares. Como si todos los padres fuesen amorosos y responsables, o como si aquellos que sí lo son, pudiesen controlar el mundo más allá de la burbuja que intentan construir para ellos mismos y su familia. Como si los medios de (des)información, la publicidad, el machismo, la pobreza, la desigualdad y la propia cultura (que también es la suma de todo lo anterior) no tuviesen una dimensión educativa que construye a cada sujeto más allá de las paredes de su casa. Como si nos volviésemos inmunes a todo eso “si nos portamos bien”.

Luego de las dizque amenazas a la primera dama, muchos se preguntan qué culpa tienen ella o el presidente. A la gente le da vergüenza culpar al Estado, a un presidente, a un sistema, a una potencia abusiva o a cualquier factor externo porque andan metidos en su fantasía nietzscheana y no quieren ser percibidos como débiles, conspiranoicos o irresponsables. Pero la violencia es un fenómeno social, no individual, así que las decisiones políticas tienen todo que ver. El presidente es culpable (aunque no el único) junto con todos los que se han sentado antes a calentar esa silla mientras se embolsillan la plata del pueblo, profundizando esa desigualdad que genera la violencia a la que tememos. Mientras tanto, ellos viven tranquilos en sus barrios amurallados, con sus cámaras, garitas, alarmas y guachimanes.

Pero son culpables también los medios que legitiman y reproducen el machismo y los modelos de masculinidad agresiva y brutal. ¿Alguna vez se han preguntado por qué las niñas y mujeres no andan de matonas o gatilleras? Aunque a muchos les arda, estadísticamente son los hombres quienes cometen la mayoría de los actos de violencia en el mundo, pero no es porque nazcan así o porque tener pene los haga naturalmente violentos, sino porque así lo aprenden, y no necesariamente en casa. Si la buena educación en casa tuviese algo que ver, no habría tantos padres y madres que lloran a un hijo chacal aun habiendo hecho todo lo posible por sacarlo adelante. Repiten y repiten que la educación es la respuesta a todo, pero los que más roban y matan (sin necesidad de halar un gatillo), vienen de “buenas familias” y han tenido acceso a “educación de excelencia” en las mejores universidades extranjeras. ¿De qué vale la educación si sólo sirve para reproducir un sistema de mierda?

La ideología individualista (que no salió de la nada ni opera sola) no sólo hace que nos importen un comino los demás; también nos hace creer que “si yo cambio, todo cambia”. Pero lo que cada uno enseñe a sus hijos en casa seguirá dando perfectamente igual mientras no exista un proyecto de país opuesto al que hay ahora, ni políticas públicas adecuadas para prevenir y atender la problemática de la violencia. Y eso no pasará mientras el pueblo no se organice para luchar; mientras siga soñando que no tiene nada que exigir al Estado, y mientras sigamos creyendo que basta con ser buenos ciudadanos y buenos padres para remediar este verguero que tenemos.

Publicado en Facebook el 18 de abril de 2017.

Peter Pan ni sabe

El otro día estaba en una sala de espera y escuchaba a una chica que hablaba por celular: “¿En serio? ¡No puede ser que él tenga mi edad! Yo tengo 22, ¡él ya es un adulto!”. En principio fue un momento WTF para mí (¡¿cómo que a los 22 años no te consideras adulta todavía?!), pero luego recordé que según los psicólogos, ahora la adolescencia termina alrededor de los 25. Mi mamá se casó a los 23 en los años ochenta, y en épocas muy anteriores a la suya, las chiquillas de 15 o 16 ya caminaban hacia el altar. Hoy es de lo más normal que no quieras casarte ni tener hijos, que a los 28 todavía uses camisetas estampadas con personajes de dibujos animados y que juegues videojuegos aun después de los 35. De hecho, hace unos meses me topé con una columna en una revista panameña, donde el autor refunfuñaba porque su pareja no lo dejaba decorar la casa con pósters de Dragon Ball y figuras de acción de sus superhéroes favoritos. Pero contrario a la creencia popular de que el síndrome de Peter Pan es exclusivo de los hombres, las mujeres también andamos más o menos en las mismas, y es un fenómeno generalizado en Occidente. En Italia se llaman bamboccioni, en Polonia son los maminsynki y la prensa gringa habla de kidults, twixters y otro montón de apelativos inventados para describir a las nuevas generaciones que hacen a sus tatarabuelos revolcarse en sus tumbas.

Lo más sencillo es reconciliarse con la idea de que los tiempos cambian y punto, pero en realidad no cambian mágicamente o porque sea el curso “natural” de las cosas, aparte de que tampoco es que sea algo nuevo. Los siglos XIX y XX ya daban cuenta de una cultura occidental fascinada con fantasías juveniles como Alicia en el país de las maravillas, Peter Pan, Las crónicas de Narnia, El maravilloso mago de Oz y El Hobbit, todas ellas influenciadas por los cuentos de hadas del XVII y dirigidas en principio a un público infantil, pero ampliamente disfrutadas por los adultos. El auge de estas obras literarias coincide con el crecimiento de las ciudades, el surgimiento de la mecanización, el desarrollo de los mercados, los grandes avances científicos y un montón de transformaciones de todo tipo que resultarían en el predominio del pensamiento racionalista, algo que a la vez crearía las condiciones adecuadas para convertir a la imaginación y la fantasía en los antídotos escapistas por excelencia.

Hoy está claro que el panorama económico no pinta lo suficientemente bien como para que todo el mundo se embarque en responsabilidades tan grandes como reproducirse o comprar una casa, y a esa fuerza tan determinante se suma un lento pero contundente debilitamiento de instituciones como la familia, los colectivos políticos o la Iglesia, que antes marcaban la pauta en el modelo de adultez tradicional y vigilaban que la gente no se inclinara demasiado hacia sus intereses personales (ojo, que no soy religiosa). Ahora la industria de la autoayuda nos habla de revivir al niño interior, a la vez que abundan los blogs sobre #wanderlust y abandonarlo todo para irse por el mundo con una mochila al hombro; los millennials reniegan de las fotos de bodas y bebés en las redes sociales, mientras Hollywood rentabiliza la nostalgia con un desfile interminable de remakes, reboots, secuelas, superhéroes y cuentos de hadas. Todo este guacho se resume en que las capas medias urbanas parecen haberse infantilizado, casi como si hubiesen regresado a esa etapa de la vida cuando todavía la conciencia hacia los demás no está muy desarrollada y la única brújula son las propias emociones, impulsos y deseos. Aclaro que hablo de las capas medias urbanas (capas, no clase), no porque la gente del campo, de los barrios populares o de la yeyesada no disfruten también de algunos hobbies y expresiones culturales juveniles, sino porque para ellos no es algo tan determinante en sus identidades, conductas y decisiones de vida. Para efectos, nada beneficia más a un Mercado hiperactivo, productor de mercancías y nece[si]dades ilimitadas, que personas individualistas, con vínculos comunitarios casi nulos, y cuyo único compromiso es consigo mismos, obedeciendo a una aparente potencialidad infinita de explorar y experimentar en busca de la felicidad.

A propósito de eso, hace poco se viralizó un video motivacional sobre tener paciencia con uno mismo, que cada quién va a su propio ritmo y que no te preocupes si tienes equis edad y no has logrado tal o cuál cosa. Claro, lógicamente todos somos diferentes y no tenemos que encajar en un solo molde, pero es mentira que todo el mundo puede tomarse el tiempo que quiera para jugar al ensayo y error a ver qué pasa; sólo pueden hacerlo quienes cuentan con el apoyo financiero de papá y mamá. También con la reciente —y ya expirada— moda de Pokemon Go, circuló bastante un meme que decía algo como “el hecho de que tu niño interior esté muerto, no significa que debas destruir el de otras personas con tu complejo de madurez”. Aunque sea un pensamiento ingenuo, lo comprendo, sobre todo porque me reconozco en algunas de las cosas que yo misma acabo de criticar: también estoy cerca de los 30 y mantengo algunos hábitos de consumo y hobbies de mi niñez, sigo jugando videojuegos, aún me gustan las cómicas y soy fanática incurable de Harry Potter, pero es que nadie está diciendo que hay que desechar la curiosidad, la creatividad y la ilusión de cuando éramos niños y el mundo nos parecía más bonito; es que nos demos cuenta de que el extremo presentismo, la relativización absoluta y el “todo vale” de la filosofía posmodernilla forever young no son simples elecciones personales a las que aplicar el “vive y deja vivir”. Como decía antes, nada en la cultura pasa al azar, y ni siquiera los gustos, por muy privados e individuales que parezcan, escapan de estar mediados por las dinámicas económicas, sociales, y culturales que mueven al mundo (en especial las económicas, que moldean a las demás). En este caso lo jodido es que esa prolongación indefinida de la adolescencia no sólo nos mantiene en una especie de limbo hedonista en el que postergamos los riesgos y las responsabilidades; también profundiza la crisis individualista en que nos ha sumido este sistema.

Con todo esto pensarán que estoy poseída por una doña, pero a menos que nada nos importe, no está de más pararnos a pensar de vez en cuando sobre qué significan cosas tan triviales como ponerse un calzoncillo de Batman, en especial porque alimentar al niño interior no tiene por qué ser un síntoma de inmadurez si entendemos que estar en esta Tierra no se trata sólo de uno mismo.

Originalmente publicado en la revista SML #4, noviembre de 2016.

 

Agua de panty

Todos hemos tenido algún encuentro cercano con el típico caso del bonachón controlado por su novia o esposa. “Lo tienen roboteado”. “Le dieron agua de panty”. ¿Que un hombre sea el del carácter tranquilo en una relación? Pánfilo. Congo. Manzanillo. Así de simple: si un hombre relax anda con una mujer de carácter fuerte, enseguida se asume que es víctima de una “cabrona”, palabrita tan de moda en algunos libruchos de autoayuda.

Yo más que nadie conozco de primera mano este fenómeno. Soy hablantina, impetuosa y a veces un poco cáustica, todo lo contrario de los hombres con los que he tenido una relación seria hasta el momento. Llámenle equilibrio, complemento, yin y yang o lo que sea, pero a los animales humanos nos va mejor cuando nos juntamos con personalidades distintas a la nuestra. El problema es que nos hemos tragado enterito el cuento de que los hombres son de Marte y las mujeres son de Venus, mientras que John Gray, gran impulsor de esta mitología, está cagado de la risa en su mansión viendo cómo nos rompemos la cabeza jugando a los equipos con conductas aprendidas que se nos venden como naturales. Irónicamente, hasta cierto punto se aplaude que una mujer tenga temple, pero si él es sensible, comparte las labores del hogar, la ayuda a organizar el baby shower de la amiga y le pasea al perro cuando ella no está, es un pendejo. Dicho de otro modo, por su propio bien es mejor que sus amigos nunca lo agarren en el pasillo de los kotex, porque lo que le viene bajando a él es un buen reviente. En cambio, casi nunca escuchamos que a una mujer “la tienen roboteada” o que “le dieron agua de calzoncillo”. Claro, la novia o esposa sosegada no es objeto de burla porque después de todo, una mujer bien tranquilita es lo deseable, lo correcto, lo esperable.

En mi caso, las indirectas sobre mis novios zen han venido de conocidos, de familiares metiches y hasta de vecinos chistositos, porque parece que la sensibilidad, la solidaridad, el compañerismo y la paciencia hacen que un hombre sobrepase la sagrada —e imaginaria— línea que divide la masculinidad de la emasculación. No digo que no haya pendejos de verdad; lo que me saca la piedra es que en estos casos se asuma que son todos y que sus parejas son unas sádicas. Y eso es lo que muchos de esos hombres introvertidos y bonachones, mal juzgados por ser felizmente pragmáticos, entienden muy bien: que no hay nada de malo en intercambiar un poco de calma y equilibrio por un poco de brío, y que a lo íntimo saben bien cómo plantarse con fuerza cuando lo amerita. ¿O cómo creen que funcionan las relaciones no heterosexuales?

Dejemos de hacernos tantas expectativas de la gente por el órgano reproductor que llevan entre las piernas, que ya estamos grandecitos para cuentos de Caperucitas sumisas y lobos feroces que viven en macholandia, donde sólo ellos llevan la batuta. Detrás de un hombre tranquilo, no siempre hay una mujer dándole agua de panty.

Originalmente publicado en la revista SML #1, marzo de 2016.
Un año después, la autora se casó con un hombre torbellino y planea escribir sobre esta experiencia pronto.

Los desclasados también lloran

A raíz del desalojo de la semana pasada, mucha gente está hablando de invasores y defensa de la propiedad privada, pero hay algunas cosas que poner en perspectiva. No sorprende en absoluto que la clase dominante opine en contra de los desposeídos en un caso como este, pero que lo hagan las capas medias (altas y bajas) responde a un fenómeno en particular, así que voy a referirme a este sector de la población muy específicamente. Como reza el meme, “acompáñenme a ver esta triste historia”.

Las capas medias condenan rabiosamente que los pobres invadan terrenos ajenos, pero cuando los ricos se adueñan de terrenos que pertenecen al Estado, a duras penas comentan algo muy tibiamente. Se quejan enérgicamente de los asentamientos informales, pero no dicen nada del latifundismo, uno de los pilares de la desigualdad en Panamá donde unas cuantas personas son dueñas de miles de hectáreas en todo el territorio nacional, conseguidas con favores políticos o por cercanía al poder. Interpelan al pobre por intentar ver cómo sobrevive, pero no interpelan al Estado y a la oligarquía panameña que cuando le da la gana se adueña de terrenos para hacer negocios y seguir engrosando sus fortunas. Moscoso, Martinelli, Vallarino, Virzi o Btesh son algunos, y podríamos irnos hasta los inicios de nuestra era republicana para mencionar más apellidos yeyés, porque estos casos abundan y no son nada nuevo. En este punto habrá quienes digan que es lo mismo, “robo es robo y los 2 están mal”, pero se olvidan de que existe la asimetría de poder: cuando un pobre roba, está viendo cómo sobrevive; cuando un rico roba, está profundizando la desigualdad que hace que ese pobre robe.

Con la misma energía condenan los subsidios para los más necesitados, pero se quedan callados ante los subsidios que los ricos reciben para sus negocios, porque se comen el cuento de que los ricos son los que generan riqueza para sus países. Lo que los ricos hacen es acumular riqueza; sino no serían ricos, y esto sólo es posible a partir del trabajo de otros. Por más capital que ellos inviertan, los que generan riqueza son los trabajadores, aquellos que no tienen más para intercambiar que su fuerza de trabajo; sin ellos no se produce lo que se vende, sin ellos no camina ninguna empresa y no se genera el billete del que luego sólo les tocan migajas. Los subsidios para los pobres son para aliviar los embates de la desigualdad, que no puede ser dinamitada de la noche a la mañana, mucho menos haciendo la pantomima de generar más oportunidades para todos con políticas cortoplacistas que cambian cada 5 años según quién suba al poder. Los subsidios (que tampoco se supone sean permanentes) acompañan a esos lentos procesos, porque el que se está muriendo de hambre se está muriendo ya; no puede esperar ni 10 ni 20 años a que se empiecen a ver los efectos de las políticas redistributivas.

Estas mismas capas medias se las dan de progres defendiendo los mentados derechos humanos, pero sólo desde ellos hacia arriba: que se jodan los “vagos que quieren todo gratis”. Parece que esos se merecen todo el sufrimiento porque “nadie los mandó a tomar malas decisiones” (ah, pero muchos se llaman cristianos). Defienden el derecho a la propiedad privada por encima del derecho a la vida, pero no tienen idea de cómo opera la desigualdad: cómo se origina, quiénes y cómo la perpetúan, pero sobre todo, desconocen la imposibilidad de vencerla con esfuerzo individual porque es un problema estructural, no personal o familiar. Se juran muy distintos a los precaristas y le hacen el juego a los medios que criminalizan la pobreza, cuando ellos viven con la soga al cuello, viendo cómo llegan a fin de mes. Aun así les quedan fuerzas para darse golpes de pecho a lo King Kong y aire para vociferar que sus impuestos no son para mentener a vagos, porque si ellos se zurran pagando préstamos, hipotecas y alquileres, ¿por qué otro quiere casa gratis? Parece que el derecho a la vida está condicionado a tener un empleo y cumplir con una cuota de sufrimiento financiero, con tener deudas que te fajes para pagar. Entre más explotados y ahorcados están, más se enorgullecen de su propio martirilogio porque en su imaginación meritocrática creen que eso les da derecho a tener más y señalar al que no puede. En lugar de atacar al que también está pasándola mal, deben atacar al acumulador y al explotador que vive y se enriquece a costillas del trabajo y el esfuerzo de ambos: el esfuerzo de las capas medias que se endeudan para vivir medianamente bien, y el de los pobres que no tienen ni para endeudarse. ¿O todavía no ven que el pobre no es el enemigo?

Por si fuera poco, defienden el libre mercado como una religión, pero a la vez lloriquean por la especulación inmobiliaria que no los deja tener casa propia o siquiera pagar un alquiler justo. No se dan cuenta de que el liberalismo económico que tanto defienden es el mismo que usa el discurso publicitario para convertir las necesidades y los derechos en “sueños” a los que sólo tienen acceso quienes pueden pagarlos.

Hasta parece que se aprenden un guión, porque todos repiten lo mismo: “si fuese tu patio no te gustaría que lo invadieran”; “nadie los manda a tener hijos que no pueden mantener”; “sea como sea, la propiedad privada se respeta”; “la invasión es violencia”. ¡No! ¡La pobreza es violencia! ¡Es violencia ejercida por el Estado y los oligarcas que se chupan la plata de todos! “¡Es que todo lo quieren volver una lucha de clases!”. Pues qué pena decirles que la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases y nadie se escapa de ella; todos nos ubicamos en una clase y accionamos a favor o en contra de una o de otra. Cuenta la leyenda liberal que ya la clase no existe porque si estudias y trabajas lo suficiente, podrás vivir mejor, pero Stiglitz (premio Nobel de economía) lo dice clarito: el 90% de los que nacen ricos mueren ricos, mientras el 90% de los que nacen pobres mueren pobres sin importar cuánto se esfuercen. El otro ínfimo 10% son las historias bonitas de superación personal que cuentan los libros de autoayuda empresarial, los gurús emprendeduristas y los medios que sirven al poder; son esas historias con las que manipulan a la gente para que sigan pensando que todo lo que pase en su vida depende en un 100% de sus propias decisiones y de su esfuerzo individual, independientemente de lo que hagan los gobiernos. ¿Se han preguntado a quién beneficia esa narrativa? Sorpresa: al gran capital que se ríe mientras ve cómo te matas por migajas mientras unos pocos hacen fiesta con lo que tú produces. Es un mito que el mérito siempre saca de la pobreza, por eso la gente trabajadora que se escuda en ese argumento para justificar la represión y la violencia hacia los desposeídos, no son más que unos tristes desclasados.

Lo que da más risa es que estos capamedieros liberales realmente creen y se llenan la boca diciendo que los emprendedores y el sector privado son los llamados a resolver los problemas sociales que el Estado no atiende, pero si se trata de propiedad privada, ahí sí chillan: “¡es que yo no soy el Estado!”, porque para ellos la propiedad pesa más que hasta la vida de niños y mujeres embarazadas. Irónicamente, muchos de ellos están en contra de la educación sexual y además negarían el aborto a estas mujeres si ellas lo pidieran, y cuando esos niños nacen, les niegan las oportunidades y se ponen a cacarear que los pobres son brutos porque tienen hijos que no pueden mantener. Algunos sí apoyan la educación sexual, pero sólo porque ven a los pobres como “maleantes” y “parásitos” que no se deberían reproducir.

Como estos desclasados viven para defender los intereses de una clase a la que no pertenecen, se convierten en los mejores defensores de las multinacionales que desde la privatización de los años 90 han venido a llenarse los bolsillos a punta de las necesidades del pueblo panameño: Unión Fenosa y C&W, por mencionar sólo un par. Les revienta el hígado que los “invasores” tuvieran televisores y luz eléctrica “robada”, cuando el mayor robo lo hacen estas empresas extranjeras a las que el gobierno de Pérez-Balladares les regaló la administración de los servicios públicos en Panamá, para que sumaran millones que luego se llevan a sus países de origen. Y no, los empleos que generan aquí no se comparan con todo lo que ellos se embolsillan. ¿De verdad todavía no te das cuenta de que el enemigo no es el pobre? Bien lo decía Malcolm X: “si no tienes cuidado con los medios de comunicación, te harán amar al opresor y odiar al oprimido”.

Publicado en Facebook el 5 de abril de 2017.

De máscaras y cascarones

Admítelo: vas por la calle asumiendo cosas sobre la gente a diestra y siniestra. Exagero un poco, pero es un hecho que nuestro cerebro se vale de los estereotipos como salida fácil cuando quiere entender de un cuerazo lo que se le va presentando. Si te topas con alguien que va todo de negro, tatuado, con el pelo morado, botas Dr. Martens y una camiseta de Rammstein, te puedes hacer una idea de sus gustos, sus hobbies y –si eres creepy como yo– hasta te puedes imaginar dónde parquea o a qué se dedica. Pero no es tan malo como parece. Sabemos de sobra que los animales humanos nos inventamos cosas sobre los demás sin conocerlos, y para bien o para mal, lo hacemos a partir de los estereotipos, pequeños trozos de información megasimplificada que aprendemos a través de terceros y que la publicidad, el cine o la TV se encargan de martillar. Así conseguimos una especie de pantallazo sobre ciertos grupos de personas, y el resto es salir a la calle a divertirse señalando a todo el mundo mentalmente.

Queda más que claro que los estereotipos y los prejuicios pueden ser dañinos, pero aun siendo conscientes de ello, nadie se escapa de hacer juicios a priori. Es más, nunca confíes en alguien que se pavonee de no hacer conjeturas sobre otras personas sin conocerlas porque, o está mintiendo, o necesita trabajar en sus habilidades para una de las partes más divertidas en la comunicación humana: la no verbal, esa que rumias en silencio cuando juegas a decodificar al otro. Lo interesante es que puedes acertar muchas veces, pero tu perspectiva puede cambiar cuando te das cuenta de que no estabas ni cerca; cuando conoces a un gay sin sentido de la moda, a una mujer insensible o a un hombre heterosexual que tripea la repostería. Y algo menos usual ocurre cuando te toca estar en el banquillo de los acusados.

Personalmente, ya he perdido la cuenta de las veces en que alguien me ha confesado: “¡yo pensé que eras lesbiana!”. La primera vez fue cuando tenía 13 años y un profesor de Religión me preguntó si me gustaban las niñas. Más tarde me pasó una que otra vez en la universidad y en el trabajo, pero justo cuando empezaba a convencerme de que era por la mentalidad conservadora de la gente en Panamá, también me pasó estando afuera. Acepto que algo de eso me incomodaba, pero no era que me ofendiera ni mucho menos; más bien me confundía al darme cuenta de que no reflejaba lo que yo creía (o quería). Ya sé que puede sonar ingenuo de mi parte porque siempre he sido completamente consciente de mi feminidad ordinaria y áspera, pero no me imaginaba que un bonche de extraños se cuestionaran mi sexualidad. Y no es que haya descubierto el agua tibia con esto de que las percepciones tienen sus desfases, pero una cosa es saber que están ahí y otra muy distinta es chocar contra ellos a cada rato. Es similar a cuando ves una foto tuya en la que no te reconoces, o cuando escuchas tus propios voice notes y el ego te pregunta de quién es esa voz tan en panga.

Superados el pasmo y la extrañeza, me di cuenta de que la gente se obsesiona con decir “no me juzgues”, “no me etiquetes” y una larga lista de mantras pseudorrebeldes que comprendo perfectamente porque nadie quiere que lo reduzcan a una caricatura, pero en parte es que también estamos obsesionados con lo supuestamente auténtico. En un mundo donde las certezas son muy pocas, buscamos tener la mayor seguridad acerca de la mayor cantidad de cosas, en especial de quiénes somos y quiénes son “en realidad” los que tenemos al lado. Lo que se nos olvida cada tanto es que todo lo que usamos, vestimos y consumimos es parte de nuestro relato personal, de cómo nos narramos ante los demás y, nos guste o no, es un cascarón con su propio lenguaje y semiótica. Con él intentamos hacer visible lo que de otra forma permanecería invisible; es nuestro modo de personificamos a nosotros mismos, y lo irónico es que sigamos esperando escapar de las etiquetas o volvernos inclasificables cuando todo lo que supuestamente nos representa en el plano visual ha sido fabricado en algún lado.

Para mí todo este embrollo de las percepciones y los simulacros es más sencillo desde que me reconcilié con la idea de que estamos en un baile de máscaras donde no hay miradas certeras, y que lo mejor es no empelicularse demasiado porque nadie está por encima de las clasificaciones ni del incómodo entramado taxonómico que tejen. Es obvio que aquí me ciño al contexto de las modas, de los estilos y de los prejuicios light, porque de los más dañinos necesita decirse (y se ha dicho) bastante más. En cualquier caso, la identidad –el ser alguien– pesa y cansa, pero eso ya no me roba la calma; más bien concuerdo con Terry Eagleton: «sólo hay una cosa peor que la identidad y es no tener ninguna».  Después de todo, tu autoimagen jamás se parecerá a la idea que los demás tengan de ti.


Originalmente publicado en la revista SML, # 2, abril 2016.